Este espectacular hotel del País Vasco francés tiene un lago con cabañas flotantes a las que se llega en barca
Vista aérea del hotel. Foto : Mathilde Ranchon.

Este espectacular hotel del País Vasco francés tiene un lago con cabañas flotantes a las que se llega en barca

A cinco minutos de Biarritz, una mansión de los años treinta recupera su pasado más hedonista con 29 habitaciones, diez lodges flotantes y uno de los mayores lagos privados de Francia.

Aleks Gallardo | Septiembre 19, 2026

En los años treinta, mientras Biarritz consolidaba su reputación como uno de los grandes lugares de veraneo de la aristocracia y la alta sociedad europea, un escocés llamado Reginald Wright decidió construirse una casa a pocos kilómetros de allí. No escogió primera línea de playa. Prefirió un lago en Anglet y encargó al arquitecto William Marcel un palacete de inspiración hispanomorisca. Wright era coleccionista de arte y antigüedades, estaba enamorado del País Vasco y, por lo que sabemos de las décadas que siguieron, tampoco tenía demasiada intención de llevar una vida discreta.

Brindos se convirtió en una de esas casas donde la fiesta era una constante. Se bailaba, se organizaban reuniones y los invitados salían de noche en barca por el lago. La Costa Vasca francesa vivía entonces una etapa especialmente sofisticada: Coco Chanel había abierto su boutique en Biarritz en 1915, la villa atraía a fortunas y personajes internacionales y San Sebastián quedaba al otro lado de la frontera. Brindos encajaba en ese circuito social, aunque estuviera apartado del Atlántico.

Casi un siglo después, Brindos, Lac & Château es hoy un cinco estrellas, miembro de Relais & Châteaux, con 29 habitaciones y suites dentro del edificio y diez lodges flotantes instalados sobre el lago. El detalle importante es este: para llegar a ellos hay que hacerlo en barca.

texto alternativo
Vistas desde la terraza de uno de los lodges flotantes en el lago. Foto: Aymeric Masson

De casa de fiestas a hotel

La biografía de Brindos ha tenido unas cuantas vidas. En 1968, la familia Vivensang transformó la propiedad en un hotel de lujo, inicialmente con once habitaciones y dos suites. Su restaurante llegó a conseguir una estrella Michelin y el château comenzó a funcionar como dirección gastronómica además de hotel.

En 2000 apareció otro nombre estrechamente ligado a la cultura local: Serge Blanco, leyenda del rugby francés y del Biarritz Olympique. El exjugador adquirió la propiedad, acometió una importante reforma y amplió el establecimiento. Tras el cierre del hotel en 2019, el grupo francés Millésime tomó el relevo y emprendió una nueva transformación. Brindos, Lac & Château abrió en su formato actual en abril de 2022.

La intervención evitó convertir el edificio en una versión demasiado pulida de sí mismo. La directora artística de Millésime, Marie-Christine Mecoen, trabajó conservando parte de los muebles, boiseries, sillones y piezas originales y mezclándolos con nuevas incorporaciones, objetos encontrados y trabajos vinculados a firmas y artesanos franceses. El resultado mantiene su teatralidad, algo que le sienta especialmente bien a un château que nació para recibir invitados.

El lago, que durante décadas había sido el gran telón de fondo, pasó directamente al centro del proyecto. De ahí surgieron los diez lodges flotantes, probablemente la razón más contundente para elegir Brindos frente a otros hoteles de lujo de la zona.

texto alternativo
Fachada de Chateau de Brindos. Foto: Mathilde Ranchon

Una habitación a la que se llega en barca

Aquí la escala ayuda. Los lodges tienen entre 30 y 49 metros cuadrados, están separados entre sí y disponen de terrazas de 25 metros cuadrados sobre el agua. Algunos incorporan además un baño nórdico exterior y los familiares cuentan con dos dormitorios.

El acceso se realiza exclusivamente en pequeñas barcas eléctricas conducidas por el equipo del hotel, disponible para los huéspedes a cualquier hora. Es decir: olvidarse algo en la habitación antes de cenar es inlcuso romántico. También ahí está parte de la gracia.

texto alternativo
Uno de los lodges flotantes en el lago. Foto: Mathilde Ranchon

Dentro, el interiorismo utiliza lino, maderas claras, veladuras y una gama de verdes y terracotas que evita competir con el paisaje. Desde la cama, la relación con el lago es prácticamente frontal. Y aunque la expresión "cabaña flotante" pueda sugerir cierta rusticidad, la experiencia está bastante más cerca de una suite privada: climatización, room service las 24 horas, cuarto de baño completo y solárium propio.

El agua también entra en otras zonas del hotel. El spa Ec(h)o ocupa unos 400 metros cuadrados y trabaja con tratamientos de la firma francesa de cosmética mineral Gemology; suma sauna, baños de hidromasaje y propuestas de yoga y pilates. En verano, parte de la actividad sale al exterior y la cabina de tratamientos junto al lago permite recibir un masaje prácticamente a ras de agua.

La agenda estival recupera, además, algo del espíritu social de la antigua residencia de Wright. Durante julio y agosto, los jueves y viernes el muelle acoge las Guinguettes, con música en directo desde las siete de la tarde, cócteles y tapas. A mediados de agosto todavía quedan algunas fechas para aprovecharlas, aunque Brindos funciona todo el año y sería un error reducirlo a un hotel estrictamente veraniego.

texto alternativo
Vista desde uno de los lodges flotantes de Chateau de Brindos. Foto: Gaelle Le Boulicaut

También conviene reservar tiempo para comer. Hugo de la Barrière dirige actualmente La Table du Lac, con una propuesta bistronómica entre semana al mediodía y un registro más gastronómico por las noches y los sábados al mediodía, trabajando con producto de temporada y productores vascos. La conexión con Bayona aparece incluso en la parte dulce: la chocolatería del hotel está vinculada a Cazenave, una institución de la ciudad conocida por su chocolate caliente espumoso.

texto alternativo
Una de las suites de Chateau de Brindos. Foto: Gaelle Le Boulicaut

Qué ver cerca de Brindos

Biarritz sigue siendo el gran imprescindible. El Hôtel du Palais, antigua residencia de verano de Napoleón III y Eugenia de Montijo; la Grande Plage; el Rocher de la Vierge y las villas que sobreviven de su gran etapa cosmopolita explican mucho mejor la ciudad que cualquier lista de tiendas. Para comer y comprar producto, Les Halles continúa siendo una parada fiable.

Bayona juega en otra liga y precisamente por eso merece reservarle unas horas. Su casco antiguo, las fachadas junto al Nive, la catedral de Sainte-Marie y las calles del Grand Bayonne te darán ganas de repetir. También es el lugar para tomarse en serio el chocolate: Bayona fue uno de los grandes centros históricos de su introducción y elaboración en Francia, una tradición que todavía mantienen casas como Cazenave.

Anglet, donde está el hotel, suele quedar injustamente eclipsada por sus dos vecinas. Sus aproximadamente 4,5 kilómetros de costa y once playas forman uno de los grandes territorios surferos de la zona. La Chambre d’Amour es la más conocida, pero merece la pena recorrer el litoral hacia La Barre y detenerse también en la zona de Chiberta, entre pinos, campos de golf y arquitectura residencial.

Si se dispone de coche, Saint-Jean-de-Luz queda a alrededor de media hora y funciona muy bien como excursión: puerto pesquero, casas tradicionales, mercado y una bahía mucho más protegida que las playas abiertas de Biarritz y Anglet. Desde allí, la frontera española está prácticamente al lado.

TURIUM TIPS

Prueba La Table du Lac. El restaurante del château trabaja con producto de temporada y productores de la zona; mejor reservar con antelación.
Aprovecha el spa exterior. En verano, algunos tratamientos salen hasta la orilla del lago, además de las sesiones de yoga y pilates al aire libre.
Escápate a Saint-Jean-de-Luz. A alrededor de media hora en coche, su puerto, el mercado y la bahía justifican perfectamente una excursión de medio día.