El gran viaje que hacían los aristócratas británicos por Europa se pone de moda: en tren y sin prisas
Viajar por Europa durante semanas vuelve a estar de moda, aunque con reglas muy distintas a las del pasado. Menos ciudades en menos días, más trenes, más tiempo y una forma de viajar que recupera el placer de demorarse.
Seguro que esta imagen te suena: un joven llega en tren a una estación europea con un baúl, una libreta y varias cartas de recomendación. ¿Cuántos principios de película ambientadas en principios del XX empiezan así? Venecia, Florencia, Viena, París o Nápoles eran paradas obligatorias de un viaje que podía durar meses. Era el Grand Tour, ese largo recorrido que, desde el siglo XVII, completaban los aristócratas británicos para terminar su formación entre ruinas clásicas, museos y salones literarios.
Pues, aunque parezca mentira, esa idea vuelve a estar de moda. Revisitada. No porque hayan regresado los carruajes ni las temporadas de seis meses en villas italianas. Ojalá, sinceramente. Lo que está reapareciendo es otra forma de viajar. Frente a la lógica de las escapadas de 48 horas, las listas interminables de lugares "imprescindibles" y la ansiedad por verlo todo, cada vez más viajeros están reservando varias semanas —incluso meses los que pueden— para recorrer Europa con calma, enlazando ciudades en tren, alquilando apartamentos durante unos días y dejando espacio para algo que el turismo acelerado ha convertido en un lujo: improvisar.

Del viaje de formación al viaje de calidad
Hay que decir que el Grand Tour original tenía poco de vacaciones. Era una especie de máster itinerante reservado a las élites europeas. Los jóvenes recorrían Francia, Suiza e Italia acompañados por tutores, estudiaban arquitectura clásica, compraban obras de arte y asistían a representaciones de ópera. Roma era casi un examen final. Hoy este enfoque es muy distinto, pero algunas motivaciones vuelven a coincidir.
El auge del trabajo remoto, los visados para nómadas digitales en distintos países europeos, el crecimiento de la red ferroviaria internacional y una mayor sensibilidad hacia la sostenibilidad están favoreciendo estancias más largas y desplazamientos menos frenéticos. También influye el cansancio frente al turismo convertido en maratón.
Por eso, muchas compañías ferroviarias están recuperando conexiones nocturnas entre grandes capitales europeas y plataformas de alquiler temporal detectan un aumento de reservas de varias semanas en ciudades como Lisboa, Viena, Copenhague o Bolonia. El viaje deja de medirse por el número de destinos visitados y empieza a hacerlo por el tiempo que uno consigue permanecer en ellos.

Cómo sería un Grand Tour en 2026
El equivalente contemporáneo de aquel viaje iniciático probablemente comenzaría en una estación de tren. Una de las rutas más sugerentes arranca en Londres y atraviesa París antes de detenerse en Estrasburgo, Zúrich, Milán, Bolonia, Florencia y Roma. Permite recorrer buena parte de la historia europea casi sin necesidad de subir a un avión.
Otra opción dibuja una diagonal por Europa Central: Ámsterdam, Colonia, Berlín, Dresde, Praga, Viena y Budapest. Es un recorrido que atraviesa distintas tradiciones arquitectónicas, antiguos imperios y algunas de las escenas culturales más dinámicas del continente.
Quienes prefieren el Mediterráneo pueden construir un itinerario entre Barcelona, Marsella, Niza, Génova, Bolonia y Venecia. Más al este, Liubliana, Zagreb, Split y Dubrovnik ofrecen una forma distinta de entender el Adriático, mientras que Portugal invita a otro tipo de viaje enlazando Lisboa, Coimbra, Oporto y el valle del Duero.
Incluso aparecen propuestas mucho más ambiciosas. Algunos viajeros atraviesan Europa de norte a sur comenzando en Copenhague, descendiendo hacia Hamburgo, Múnich, Innsbruck, Verona y terminando en Sicilia. Otros conectan Escocia con Andalucía durante más de un mes utilizando exclusivamente trenes y ferris.
Pero recuerda: para que sea un Grand Tour, ninguna de estas rutas está pensada para hacerse deprisa.

El tren vuelve a ser un símbolo de lujo
El Venice Simplon-Orient-Express todavía es la referencia absoluta. Sus vagones art déco restaurados recorren itinerarios entre París, Venecia, Viena o Estambul recordando una época en la que el trayecto era tan importante como la llegada. Muy diferente, aunque igual de sugerente, es el La Dolce Vita Orient Express, inaugurado recientemente para recorrer Italia con ocho rutas distintas que conectan ciudades históricas, paisajes vinícolas y algunos de los destinos más icónicos del país.
España también participa en esta recuperación del viaje ferroviario con El Transcantábrico Gran Lujo, que cruza la cornisa cantábrica entre San Sebastián y Santiago de Compostela con algunos de los paisajes más espectaculares del norte peninsular. En Escocia, el Royal Scotsman atraviesa las Highlands con apenas unas decenas de pasajeros, mientras que trenes nocturnos como los operados por Nightjet han vuelto a convertir en una experiencia cotidiana dormirse en Viena y despertarse en Hamburgo o salir de Berlín por la noche para desayunar en París.
Esa es la gran diferencia respecto a los últimos veinte años. Durante mucho tiempo, el viaje empezó a medirse por la rapidez con la que uno conseguía llegar. Ahora vuelve a valorarse lo que ocurre entre un punto y otro.