48 horas en Génova entre palacios, trattorias y callejones: por qué merece mucho más que una escala
Fue una de las grandes potencias del Mediterráneo, pero sigue escapando a los itinerarios más previsibles. Dos días bastan para entender por qué Génova merece un viaje propio.
En Italia todo son hits. Desde Nápoles hasta Roma sin olvidarnos de Milán y cualquier pueblo o ciudad que decidas visitar. Pero hoy nos centramos en Génova. Es decir su nombre y a casi todos se nos viene a la mente que allí nació Cristóbal Colón, que de allí viene el pesto o que es la típica parada antes de embarcar rumbo a Córcega o a Cinque Terre. Lo raro es que una ciudad con semejante patrimonio siga siendo, para muchos viajeros, poco más que un nombre de paso.
Se puede visitar el Palacio Ducal, admirar los frescos de los Rolli o subir a los miradores sobre el puerto. Pero la ciudad empieza a desplegar todo su carácter cuando aparecen los toldos de las fruterías en un callejón medieval, cuando alguien entra en una panadería únicamente para comprar un trozo de focaccia recién hecha o cuando una trattoria llena de genoveses obliga a cambiar los planes del día porque merece la pena esperar una mesa.
Durante demasiado tiempo, el puerto más importante de Italia ha quedado reducido a una parada técnica para cruceros o a la puerta de entrada hacia Cinque Terre y la Riviera italiana. Sin embargo, pocas ciudades concentran una historia tan decisiva para entender el Mediterráneo. La antigua República de Génova fue una potencia marítima durante siglos, financió monarquías europeas, levantó algunos de los palacios más sofisticados del Renacimiento y dejó un legado urbano que hoy sigue intacto.

Génova, donde perderse es la mejor decisión
El recorrido puede comenzar en Piazza De Ferrari, la gran plaza que conecta la ciudad decimonónica con el casco histórico. A partir de ahí conviene olvidarse de Google Maps durante un rato y entrar en los caruggi, la red de callejuelas medievales que constituye uno de los centros históricos más grandes de Europa.
Un pasaje oscuro desemboca en una plaza luminosa. Tras una fachada austera aparece el patio monumental de un palacio. Un pequeño comercio centenario comparte calle con galerías de arte, bares de vino natural y talleres artesanos.
Uno de los lugares más interesantes es Piazza San Matteo, dominada por la iglesia del mismo nombre y rodeada por los antiguos edificios de la familia Doria, una de las grandes dinastías genovesas. Muy cerca espera la Catedral de San Lorenzo, con su característica fachada de franjas blancas y negras.
A pocos pasos se encuentra el Palazzo Ducale, antigua sede del gobierno de la República y hoy convertido en uno de los espacios culturales más activos de la ciudad. Merece la pena consultar su programación antes del viaje.

La calle donde la aristocracia competía por impresionar
Si hay un lugar que resume la riqueza de la antigua Génova es Via Garibaldi. No es especialmente larga, pero concentra una colección extraordinaria de residencias aristocráticas construidas entre los siglos XVI y XVII, hoy reconocidas como Patrimonio Mundial por la Unesco.
En lugar de construir un palacio real para alojar a los visitantes ilustres, la República elaboró una lista oficial —los célebres Rolli— con las casas de las familias nobles obligadas a recibir embajadores, príncipes o cardenales según su rango. El prestigio también se medía por la calidad del alojamiento que uno era capaz de ofrecer.
Los Palazzi dei Rolli son uno de los grandes tesoros de la ciudad. Entre ellos destacan el Palazzo Rosso, el Palazzo Bianco y el Palazzo Doria Tursi, hoy integrados en los Museos de Strada Nuova. En sus salas conviven obras de Rubens, Van Dyck, Veronese o Caravaggio junto al famoso violín Guarneri que perteneció a Niccolò Paganini, el genovés más célebre después de Cristóbal Colón.
Antes de marcharse conviene subir a la terraza del Palazzo Rosso. Desde allí la ciudad deja ver una de sus mejores perspectivas: tejados de pizarra, campanarios, palacios y el puerto que se extiende hacia el Mediterráneo.

Comer en Italia siempre es una maravilla
Una de las recetas más famosas del mundo nació en una cocina relativamente humilde. El pesto genovés sigue preparándose con una disciplina intachable: albahaca de Prà, aceite de oliva ligur, piñones, parmesano, pecorino y ajo trabajados en mortero.
Las trofie al pesto son una obligación en cualquier primera visita. En Trattoria Rosmarino las sirven siguiendo la receta clásica.
La focaccia también merece capítulo propio. La versión más sencilla, únicamente con aceite y sal, es la favorita de muchos locales para desayunar junto al café, mientras que la focaccia di Recco, rellena de queso fundido, se ha convertido en otro de los grandes iconos gastronómicos de Liguria.

Por la tarde, el paseo conduce inevitablemente hasta el Porto Antico, remodelado por Renzo Piano para la Exposición Universal de 1992. El arquitecto genovés transformó antiguos espacios industriales en una zona abierta al mar donde hoy conviven terrazas, museos, el Acuario de Génova y el ascensor panorámico Bigo, inspirado en las grúas portuarias.
Al día siguiente, madruga un poco y sube hasta Spianata Castelletto, uno de esos lugares que los genoveses utilizan con absoluta normalidad. Desde el mirador se entiende la lógica de una ciudad obligada durante siglos a crecer entre la montaña y el mar, apilando edificios unos sobre otros sin perder nunca el horizonte azul.
Después todavía queda tiempo para visitar el refinado Palazzo Reale, recorrer las tiendas históricas de Via XX Settembre, entrar en alguna librería o simplemente volver a internarse en los callejones sin un destino concreto.