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Septiembre es un mes perfecto para visitar Ibiza: la isla en su versión más paradisíaca
Por qué septiembre es un mes perfecto e inesperado para visitar Ibiza: la isla en su versión más paradisíaca
Ibiza funciona mejor cuando agosto termina: menos tráfico, calas más respirables, restaurantes todavía abiertos y una temporada cultural y nocturna que está lejos de haber dicho su última palabra.
Agosto le ha hecho un flaco favor a Ibiza. Ha instalado en el imaginario colectivo la idea de que para disfrutar de la isla hay que reservar una mesa con semanas de antelación, asumir calas llenas y desarrollar habilidades casi diplomáticas para colocar la toalla. Por suerte, existe una solución muy sencilla: esperar unas semanas.
Septiembre es uno de los meses más interesantes para viajar a Ibiza porque conserva buena parte de lo que buscamos en pleno verano y elimina una parte considerable de sus inconvenientes. El mar ha acumulado meses de calor, los días continúan siendo largos y la isla sigue plenamente activa. Con casi 3.000 horas de sol al año y 210 kilómetros de costa, Ibiza no necesita vivir pendiente de julio y agosto.
Además, septiembre está lejos de significar temporada baja. La maquinaria nocturna continúa funcionando y muchos de los grandes clubes mantienen sus residencias hasta finales de mes o entrado octubre. Quien quiera bailar podrá hacerlo. La ventaja es que también podrá dedicar el resto del día a descubrir una Ibiza más interesante que la sucesión de camas balinesas, botellas gigantes y DJ internacionales.

Cuando Ibiza vuelve a estar bien
Un buen ejemplo está en Cala Llonga. Allí abrió Mondrian Ibiza, diseñado por Beades Architects y Cuarto Interior, uno de los hoteles que mejor explican la transformación reciente de la oferta de la isla. A pocos metros, Hyde Ibiza plantea una versión más desenfadada del resort actual, con varios restaurantes y una programación que permite pasar por allí aunque no se duerma en el hotel.
Para algo completamente diferente está Los Enamorados, en Portinatx. Pierre Traversier y Rozemarijn de Witte transformaron un antiguo hostal en uno de los pequeños hoteles con más personalidad de Ibiza: muebles vintage, objetos encontrados, colores sin miedo y una tienda peligrosamente adictiva. Su restaurante frente al mar es uno de esos lugares donde una comida prevista para dos horas puede alterar tranquilamente los planes de la tarde.

El norte continúa siendo terreno especialmente fértil para esta Ibiza menos obvia. En Sant Joan de Labritja, Gare du Nord ocupa una antigua casa junto a la carretera y trabaja una cocina mediterránea contemporánea en un espacio que evita casi todos los códigos decorativos asociados a la isla. Cerca, Six Senses Ibiza ha llevado al extremo la versión wellness de Ibiza, pero merece atención también por su programación cultural, gastronómica y musical.
Más al interior, La Paloma es una institución en Sant Llorenç de Balàfia. No olvides su jardín: uno de los mayores lujos de Ibiza puede consistir simplemente en comer bien bajo unos árboles.

Comer, comprar y mirar cosas bonitas
Ibiza es más interesante cuando se aleja del restaurante-espectáculo. Juntos House, cerca de Sant Mateu, reúne restaurante, tienda, huerto y una manera de entender la isla muy de Ibiza. El espacio ocupa una finca tradicional y buena parte de lo que llega a la mesa procede de su propio huerto o de productores cercanos.
Casa Jondal, de Rafa Zafra, juega en otra liga. Está en Cala Jondal y ya no puede considerarse un secreto, pero es una mesa imprescindible tras una mañana de playa. El pescado y el marisco mandan.
Para una comida más relajada, Cala Bonita funciona muy bien en S’Estanyol, especialmente entre semana. Y quienes quieran comprobar que el interior de Ibiza también sabe divertirse deberían reservar una noche para Casa Maca. Su ubicación elevada frente a Dalt Vila, las mesas al aire libre y una cocina muy centrada en la parrilla la convierten en una buena alternativa.

Y después está el arte. Parra & Romero mantiene en Ibiza un espacio expositivo en una antigua nave agrícola de Santa Gertrudis, alejado del circuito convencional de galerías. La Nave Salinas, junto a las salinas, ocupa un antiguo almacén de sal convertido en espacio dedicado al arte contemporáneo.

La noche no se ha terminado
Es absurdo hablar de una Ibiza zen intentando fingir que sus clubes no existen. En septiembre, de hecho, pueden resultar incluso más divertidos. Pacha continúa siendo Pacha —para bien y para mal— y tiene la ventaja de conservar una escala más manejable que algunos de los grandes templos electrónicos actuales. Hï Ibiza y Ushuaïa mantienen buena parte de su programación, mientras que DC-10 sigue como referencia para quien busque una noche en lo que más importa es la pista.
Pero hay vida antes de las cuatro de la mañana. El Montesol Experimental, en Vara de Rey, recuperó uno de los hoteles históricos de la ciudad con interiores de Dorothée Meilichzon y una terraza exclusiva para empezar la noche. Muy cerca, el pequeño universo de bares y restaurantes de La Marina es perfecto para improvisar.

Y luego está el plan que septiembre hace especialmente bien: bañarse a última hora. Es Torrent es una buena elección si la intención es combinar cala y sobremesa; Cala Mastella mantiene una escala pequeña y Cala Xuclar, en el norte, resulta mucho más agradecida cuando ha pasado el pico del verano. Incluso Ses Salines cambia cuando disminuye la densidad de agosto.
Septiembre devuelve, sobre todo, un pequeño lujo que Ibiza ha ido perdiendo en temporada alta: la posibilidad de cambiar de opinión.