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El pueblo más bonito y desconocido de la Costa Brava tiene dólmenes y una escritora única
El pueblo más bonito y desconocido de la Costa Brava tiene dólmenes, bosques y una escritora única
En la Costa Brava no solo hay playas y calas fabulosas. También dólmenes, iglesias prerrománicas, un paisaje montañoso y bosques. Santa Cristina d’Aro es la prueba. Por algo la escritora Mercè Rodoreda lo convirtió en su refugio.
Se puede ir a Santa Cristina d'Aro a maravillarse con su paisaje natural, de cala en cala por el Camí de Ronda, que delinea el perfil de la Costa Brava serpenteando a lo largo de 200 kilómetros, desde Blanes a Portbou pasando por Cadaqués. O se puede ir tras las huellas de la barcelonesa Mercè Rodoreda (1908-1983), una de las figuras más relevantes de la literatura catalana del siglo XX, la autora de La plaza del diamante (1962), la historia de Colometa en el marco de la Segunda República, la guerra civil española y la posguerra. En cualquier caso, naturaleza y literatura convergen en este pueblo situado al sur del Bajo Ampurdán, comarca compartida con Begur, Palafrugell, Pals o Torroella de Montgrí.
Santa Cristina d'Aro, refugio de Mercè Rodoreda
Santa Cristina d'Aro es una prueba más de que la Costa Brava no solo es sol y playa, a pesar de que a partir de los años sesenta se convirtiera en meca del turismo, con sus acantilados, sus calas recónditas al abrigo de los pinos, sus islas y sus infinitos arenales. Se presenta como puerta de entrada a este paraíso costero y, frente al bullicio de otros pueblos vecinos, ofrece calma y serenidad con la complicidad de una naturaleza privilegiada. Ya no un baño fuera de la temporada estival, que siempre es un regalo, sino una invitación al senderismo, incluso una ruta a caballo.

Los amantes de lo literario disfrutarán siguiendo la Ruta Mercè Rodoreda por los espacios vinculados a su vida y obra. Porque, tras más de treinta años de exilio en Francia y Suiza, regresó a Cataluña en 1972. Pero no se instaló en su Barcelona natal, en una gran ciudad, sino en un pequeño pueblo a la sombra del macizo de Les Gavarres. La escritora encontró su refugio en Romanyà de la Selva, un pequeño núcleo perteneciente a Santa Cristina, como lo son también Solius y Bell-lloc. Allí pasó los últimos once años de su vida.
Una ruta literaria entre montañas y jardines
Su paisaje montañoso y su propio jardín, que había creado a imagen y semejanza del que tenía en Ginebra, le sirvieron de inspiración para sus últimas obras: Espejo roto, Cuánta, cuánta guerra y Viajes y flores. Se pueden seguir sus pasos por libre guiándose por los paneles informativos, que se instalaron en 2008 con motivo del centenario de su nacimiento, o mediante las visitas teatralizadas que organiza periódicamente el ayuntamiento.
Los textos de sus obras que ilustran los paneles nos acercan al entorno y nos invitan a conocer el patrimonio de Romanyà: "Les Gavarres, todas un encinar a la hora de la puesta cuando el sol las besa de lado, parecen de terciopelo. Me encontré, entonces, ante uno de los paisajes más dulces de Cataluña. Las temporadas que antes pasaba en Barcelona ahora las paso en Romanyà de la Selva, ante estas montañas seguras, siempre verdes, que me dan grandes cantidades de paz, a mí, que durante años he hecho, o he tenido que hacer, de trotamundos".

Esto puede leerse en la plaza de la Iglesia, donde se alza la iglesia de San Martín, prerrománica, de la segunda mitad del siglo X o principios del XI. Aquí está también la masía El Refugi, que en tiempos fue el Hostal de Romanyà, donde se alojó Romareda cuando llegó al pueblo. Al poco, se trasladó a un chalet llamado El Senyal, nombre tomado de la novela Demian, de Herman Hesse, que pertenecía a su amiga Carme Manrubia. Todavía está en pie el olivo que Rodoreda describe en Viatges i flors (ahora en catalán), lo mismo que el laurel que aparece en Mirall trencat. A los siete años se construyó su propia casa con el ya mencionado jardín, lleno de flores y con vistas al valle.
Bosques, masías y megalitos
Otras paradas de este itinerario que invita a leer son el mirador de Les Mirandes, con una hermosa panorámica sobre la Vall d'Aro; el dolmen de la Cova d'en Daina, que es todo un emblema de la zona; la plaza de la Rectoría o algunos rincones por el bosque que se extiende por todo su perímetro. El punto final es el pequeño cementerio donde está enterrada Mercé Rodoreda. Muy cerca de dicho dolmen y, muy en su línea, a los pies de un ciprés.

Del patrimonio religioso al natural: iglesias y calas
Además, no hay que perderse la iglesia de Santa Cristina, que presenta la estructura de un edificio prerrománico del siglo X, al que se suma el ábside semicircular del siglo XI, una puerta románica del XII o XIII, las capillas añadidas en los siglos XVI o XVII y la torre-campanario, románica en origen y cubierta con baldosas verdes ya en el siglo XX. En el interior, cabe destacar el retablo del siglo XVI. Muy cerca, aún se pueden ver las ruinas de una capilla paleocristiana, probablemente del VI.
La iglesia prerrománica de Bell-lloc tiene el mismo encanto de todo lo demás. También ella es un paseo por la historia: puesta la primera piedra en el lejano siglo VI, la iglesia actual es del X; la capilla, del XI, y la rectoría adosada, del XVIII. En Solius, despunta el monasterio cisterciense de Santa María, cuyo campanario es visible desde casi todo el Vall d'Aro. Se alzó en el siglo XVIII sobre los restos de una antigua iglesia románica. Aquí se estableció un grupo de monjes del Císter en 1967, fundando el monasterio, y aquí siguen, enseñando a los visitantes sus jardines y sus belenes.

No nos olvidamos de las playas, y menos en otoño, donde todo cambia de color. Para acceder a las calas del Señor Ramón, Canyet y Canyerets, así como a la playa Vallpresona, apartadas del núcleo urbano, hay que ir hasta Sant Feliu de Guíxols. Junto al monasterio, se coge la carretera que va hasta Tossa de Mar. El acceso está en una carretera llena de curvas. Acantilados, vegetación mediterránea y agua cristalina esperan. Más idílicas que en verano. Por cierto, en Cala Canyet está la figura de bronce mirando el mar que homenajea a Ava Gardner, quien grabó por estos parajes la película Pandora y el holandés errante en 1950.