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En esta ciudad española puedes recorrer 2.000 años de arquitectura en apenas 20 minutos
En esta ciudad española puedes recorrer 2.000 años de arquitectura en apenas veinte minutos
Salir de un edificio de Rafael Moneo, cruzarse con la Roma de Augusto y acabar en una alcazaba del siglo IX: en Mérida, veinte minutos a pie pueden convertirse en dos mil años de arquitectura.
El GPS calcula unos veinte minutos a pie entre el Museo Nacional de Arte Romano y la Alcazaba de Mérida. Sobre el mapa es un paseo corto; llevado a la historia de la arquitectura, el cálculo es algo más interesante. Entre ambos puntos aparecen un teatro y un anfiteatro romanos, un templo del siglo I a. C., restos del antiguo foro, edificios levantados sobre construcciones anteriores y una fortaleza andalusí.
Si además ampliamos un poco el radio entran en escena un acueducto, un circo, arquitectura religiosa de distintas épocas y hasta un puente de Santiago Calatrava. Dos mil años de construcción concentrados en una ciudad.
Augusta Emerita fue fundada en el año 25 a. C. para acoger a soldados veteranos de las guerras cántabras y acabó convertida en capital de Lusitania, una de las provincias occidentales del Imperio romano. El conjunto arqueológico de Mérida, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1993, reúne 22 elementos, pero quedarse en su legado romano deja fuera buena parte de la historia. Tras Roma llegaron visigodos, musulmanes y cristianos, y cada periodo construyó sobre el anterior, reutilizó estructuras, cambió usos y dejó nuevas capas.

Empezar por 1986 para llegar al año 25 a. C.
Una buena forma de entrar en esa historia es hacerlo desde el siglo XX. El Museo Nacional de Arte Romano, inaugurado en 1986 y proyectado por Rafael Moneo, pertenece a ese reducido grupo de museos donde el edificio tiene peso suficiente para competir con la colección, que ya es decir. Moneo tomó elementos de la arquitectura romana —el ladrillo, el arco de medio punto, la escala monumental, las perspectivas sucesivas— y los convirtió en un edificio de su tiempo. La gran nave central, atravesada por una secuencia de arcos que alcanza casi los veinte metros de altura es uno de los espacios más reconocibles de la arquitectura española de las últimas décadas del siglo XX.
El diálogo con la ciudad antigua va mucho más allá de la forma. Bajo el museo, la cripta incorpora restos encontrados durante las obras, entre ellos viviendas, enterramientos y parte de una calzada que comunicaba Augusta Emerita con Corduba. Y la historia del edificio acaba de sumar una nueva pieza: en febrero de 2026 se inauguró la ampliación diseñada también por Moneo, cuarenta años después de la apertura de la sede original. El proyecto incorpora nuevos espacios para exposición, investigación, archivo y almacenamiento.

A unos pasos está el Teatro Romano, iniciado bajo el patrocinio de Marco Vipsanio Agripa hacia los años 16-15 a. C. La cercanía entre ambos edificios produce uno de los mejores cruces arquitectónicos de Mérida: salir de la interpretación contemporánea de Roma de Moneo y entrar en un espacio construido hace más de dos milenios que conserva, además, su función escénica.
El Festival Internacional de Teatro Clásico volvió a llevar representaciones al teatro en 1933 y hoy sigue utilizándolo cada verano. Al lado, el anfiteatro cambia la escala y el tipo de espectáculo: combates de gladiadores y otros eventos destinados a miles de espectadores.

Construir encima, construir con lo anterior
Desde el conjunto del teatro y el anfiteatro, el paseo hacia el centro conduce al Templo de Diana, uno de los lugares donde las capas históricas de Mérida quedan más expuestas. El templo, dedicado en realidad al culto imperial, sobrevivió en gran medida gracias a que durante el Renacimiento se construyó sobre él el Palacio de los Corbos. La operación sería impensable bajo los criterios patrimoniales actuales, pero ayudó a conservar parte de la estructura romana. El resultado permite ver columnas corintias y arquitectura palaciega ocupando el mismo espacio.
A poca distancia aparecen el Pórtico del Foro y el llamado Arco de Trajano, que formaba parte de un acceso monumental y hoy queda absorbido por el tejido urbano. Pero Mérida no te obliga a entrar en un recinto arqueológico cada vez que quiere recordar su pasado: una estructura romana puede surgir al doblar una esquina, quedar junto a una terraza o incorporarse al recorrido cotidiano de sus habitantes.

La Basílica de Santa Eulalia amplía el recorrido hacia el cristianismo primitivo y la etapa visigoda. Bajo el edificio actual se conserva un yacimiento donde aparecen una casa romana, una necrópolis cristiana y restos vinculados a distintas fases del templo. Mérida mantuvo un papel destacado después de la caída del Imperio romano de Occidente y se convirtió en uno de los grandes centros religiosos de la Hispania visigoda.

De Al-Ándalus al siglo XX
La Alcazaba introduce otra etapa. Fue levantada en el siglo IX, durante el emirato de Abd al-Rahman II, tras varias revueltas protagonizadas por la población emeritense contra el poder cordobés. Su carácter defensivo marca un cambio claro respecto a los edificios romanos del recorrido. Dentro se encuentra el aljibe, al que se accede mediante una escalera que desciende hacia una construcción vinculada al abastecimiento de agua. Desde la zona de la muralla se abre además la vista hacia el Guadiana y el larguísimo puente romano.
Conviene alejarse algo del centro para completar el mapa. El Acueducto de los Milagros conserva pilares que alcanzan unos 25 metros y alternan granito y ladrillo en una composición que ha acabado convertida en una de las imágenes arquitectónicas más potentes de la ciudad. La Casa del Mitreo lleva la visita al ámbito doméstico, con sus patios, mosaicos y pinturas murales, mientras el Circo Romano devuelve la escala a lo monumental: tenía capacidad para decenas de miles de espectadores y se extendía a lo largo de más de 400 metros.
El salto al presente puede hacerse de nuevo junto al Guadiana. El Puente Lusitania, obra de Santiago Calatrava inaugurada en 1991, añadió un nuevo cruce del río. Y ahí cobra sentido aquel cálculo inicial de veinte minutos: Mérida permite pasar de Rafael Moneo a Marco Vipsanio Agripa, del culto imperial a una alcazaba del siglo IX y de ahí a Calatrava sin salir de una ciudad de tamaño contenido.