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Este valle malagueño es un paraíso natural: está cerca de la costa y tiene quince pueblos preciosos
El Valle del Genal es el secreto mejor guardado de Málaga. Un mar de castaños y alcornoques que inunda estas tierras montañosas y del que emergen quince recoletos pueblos blancos sobrados de encanto y autenticidad.
Cuando uno llega al Valle de Genal, no se espera encontrar semejantes bosques de castaños, quejigos y alcornoques dibujando un sinuoso manto verde en el que despuntan pueblos blanquísimos que nada tienen que envidiar a los pueblos más bonitos de las Alpujarras. Si acaso, que estos últimos se guarecen a la sombra de la imponente Sierra Nevada. Pero todo este valle, situado en la comarca de la Serranía de Ronda, al suroeste de la provincia de Málaga, es un paraíso natural de agrestes sierras y pronunciadas pendientes, que toma su nombre del río que lo atraviesa, el Genal, nacido en Igualeja.
Qué ver en el malagueño Valle del Genal
Igualeja es solo uno de los quince pueblos preciosos que salen a nuestro encuentro en esta ruta malagueña por tierra adentro, aunque no muy lejos del mar. Marbella o Estepona están a solo una hora de camino, lo mismo que Málaga capital. Pero esto, hay que subrayarlo, es otro mundo. Parece un territorio ignoto, aún por explorar. Da igual que sea Igualeja que Pujerra, Parauta, Cartajima, Júzcar, Faraján o Alpandeire, que constituyen el Alto Genal. O que se trate de Algatocín, Atajate, Benadalid, Benalauría, Benarrabá -el pueblo de los nómadas digitales-, Gaucín, Jubrique o Genalguacil.

Todos ellos siguen el mismo patrón. Pueblos pequeños, cuyo aislamiento les ha permitido mantener su encanto antiguo y que ahora, por fortuna, han sido rescatados del olvido gracias al turismo rural. Su autenticidad salta a la vista. En otoño, cuando las hojas de los árboles adquieren tonos rojos, ocres o cobrizos, se entiende perfectamente por qué se le llama Bosque de Cobre.
En verano, e incluso ya en primavera, se nos ofrecen rincones idílicos con aguas limpias y cristalinas para huir del calor que son pura tentación. En Benarrabá, está el charco de la Escribana. En Gaucín, el charco de Pontoco. Y en Algatocín, el charco del Puente de San Juan. Y no son, ni mucho menos, los únicos.
Igualeja, el nacimiento del río Genal
Aquí es donde empieza todo, porque Igualeja acoge el nacimiento del río que bautiza todo este valle encantador, el Genal, que vuelca sus aguas en el Guadiaro. El nacimiento, a la entrada del pueblo, está catalogado como monumento natural por su alto valor ambiental y paisajístico.

Como sus hermanos de Serranía, tiene las calles laberínticas y empinadas, y está circundado por un paisaje sorprendente. Sobresale del conjunto la iglesia de Santa Rosa de Lima, un templo de estilo mudéjar construido en 1505 por deseo del arzobispo de Sevilla, aunque fue reconstruido íntegramente en el siglo XX. La ermita del Divino Pastor, que fue levantada sobre un antiguo convento, da testimonio, en cambio, del barroco andaluz.
Genalguacil, un museo al aire libre y los pinsapos
De nuevo, un pueblo con trazado árabe de calles y callejuelas con fuertes pendientes que se ha convertido desde 1994 en un pueblo-museo, con incontables instalaciones artísticas realizadas durante los Encuentros de Arte Valle del Genal, que tienen lugar cada dos años en el mes de agosto. Genalguacil ha reinventado el arte en la calle. Además del museo al aire libre, está el Museo de Arte Contemporáneo Fernando Centeno López y un Centro de Artesanía, destinado a fomentar el trabajo de los artesanos locales.

Genalguacil, el más aislado de los quince, es todo él un balcón hacia el infinito en verde, desde donde también se atisban los pinsapos del paraje natural Los Reales, donde el botánico suizo Edmond Boissier dio a conocer a la comunidad científica la existencia de este árbol como nueva especie en 1837. Más del 90% de su término municipal es bosque. En el impecable casco urbano, despunta la iglesia de San Pedro Mártir de Verona, de estilo barroco con elementos mozárabes, como todo por aquí. Data del siglo XVI, pero fue destruida durante la rebelión morisca de 1570 y rehabilitada en el siglo XVIII. Luce torre octogonal.
Benalauría, un antiguo molino de aceite y un torreón
En este otro pintoresco pueblo del Genal presumen de que se ven las costas de África cuando los días son claros. Se halla a 667 metros sobre el nivel del mar, comparte paisaje con sus vecinos y no puede ocultar tampoco su origen bereber. Su nombre viene de uno de los linajes que se asentaron en estos parajes a principios del siglo VIII, los Banu-l-Hawariyya.
El espíritu morisco se ha conservado, como suele suceder, en la gastronomía y las tradiciones. Para saber más del pasado islámico de esta Costa de Sol de interior y de las batallas que se libraron por estas tierras durante la Reconquista está el centro de interpretación Casa de Moros y Cristianos.

Otro punto de información imprescindible es el Museo Etnográfico, ubicado en un antiguo molino de aceite del siglo XVIII, y que alberga utensilios de trabajo y objetos tradicionales de la zona, además de una tienda con productos locales, donde se vende el apreciado marron glacé (castaña confitada), que se elabora tanto aquí como en Parauta.
Además, atesora el Columbario Romano del Cortijo del Moro, un monumento funerario romano del siglo I d.C., seguramente de la familias que vivían en la villa agrícola de las inmediaciones, de la que hay restos. No se puede ir uno de Benalauría sin asomarse al mirador de la Virgen del Rosario, donde se alza el Torreón, a la manera de las antiguas torres vigía.
Parauta, un arco mudéjar, una curiosa ermita y una encina
Más casas blanqueadas con cal, más calles empedradas y más trazado árabe en este municipio que, en parte, se encuentra dentro del Parque Natural de la Sierra de las Nieves. Un arco mudéjar (s. XVI) da paso al barrio Alto o del Altillo, donde debió de haber un castillo. Lo que hay seguro son cinco fuentes urbanas, con nombre propio: Alquería, con un mirador extraordinario; Fuentesuela, Fuente Nueva, el Pozuelo y la de Abajo. Además de quince manantiales; entre ellos, el del Pilar de Conejeras.

No hay que perderse la iglesia de la Concepción (s. XVI), con torre mudéjar, tejado a cuatro aguas. Tampoco la ermita del Señor (XIX), de planta rectangular y con tejado piramidal, con una estructura arquitectónica similar a la qubba, el sepulcro con cúpula muy común en el norte de África, lo que indica que podría tener un origen mucho más antiguo. Ni, en otro orden de cosas, la encina Vallecillo, que es un símbolo, de 20 metros de altura y tres de diámetro.