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Los grandes cafés europeos que debes visitar al menos una vez en la vida: del Florian en Venecia al Gijón en Madrid
Antes de que existieran los coworkings, los cafés ya servían como oficina, redacción, salón literario y lugar donde dejarse ver. Estos ejemplos explican en buena medida parte de la historia cultural europea.
¿Sabes eso de los specialty coffee en los que está prohibido pasar más de x tiempo con el portátil? Pues hubo un momento en Europa en el que un escritor podía pasar media jornada ocupando una mesa, pedir poco, recibir correspondencia y convertir un café en despacho sin que nadie le sugiriese liberar el sitio. Peter Altenberg llegó tan lejos que utilizaba el Café Central de Viena como dirección; Sartre y Beauvoir trabajaban durante horas en el Flore; en Budapest, los cafés suministraban papel y tinta a sus clientes literarios. Lo de la prohibición del portátil es una señal de nuestros tiempos.
La cultura del gran café europeo pertenece a una época en la que sentarse en público era una actividad en sí misma. Se iba a leer periódicos, discutir, conspirar, escribir, ligar y comprobar quién había entrado por la puerta. Su arquitectura tampoco era secundaria: espejos, terciopelos, mármol, lámparas, frescos y camareros capaces de recordar el pedido de un habitual.
Muchos de aquellos locales desaparecieron. Otros sobrevivieron y hoy afrontan una contradicción curiosa: cuanto mayor es su fama, más difícil resulta encontrar dentro aquella vida cotidiana que los hizo famosos. Aun así, todos estos merecen una visita.

Caffè Florian, Venecia: tres siglos mirando a San Marcos
Cuando el Caffè Florian abrió el 29 de diciembre de 1720, Venecia todavía era una república independiente. Se llamaba Alla Venezia Trionfante, aunque los venecianos pronto empezaron a referirse a él por el nombre de su propietario, Floriano Francesconi. Más de tres siglos después continúa bajo las Procuratie Nuove de la plaza de San Marcos.
Por sus salas pasaron Goethe, Dickens, Byron y Casanova, que tenía un motivo añadido para frecuentarlo: durante una época, el Florian fue el único café veneciano que admitía mujeres. También funcionó como lugar de reunión política y llegó a atender a heridos durante la insurrección de 1848. Sus salones actuales, remodelados en el XIX, convierten un café en algo próximo a una visita museística, con una diferencia importante: aquí puedes pedir un espresso. El precio incluye, inevitablemente, San Marcos.

Café Central, Viena: cuando el café era una oficina
Abrió en 1876 dentro del Palais Ferstel y alrededor de 1900 ya era una de las grandes centrales intelectuales de Viena. Sigmund Freud, Arthur Schnitzler, León Trotski y Peter Altenberg estuvieron entre sus habituales.
El edificio ayuda: columnas, bóvedas, grandes ventanales y una escala que hace que tomarse una melange bajo ellas sea toda una experiencia. Conviene acompañarla con pastelería vienesa y asumir que probablemente habrá espera. El Central lleva más de un siglo siendo famoso.

Café de Flore, París: el café como segunda casa
El Flore tiene un problema: lleva tanto tiempo representando una idea de París que es fácil descartarlo por demasiado obvio. Error. Abrió hacia 1887 y Apollinaire lo convirtió años después en uno de sus centros de operaciones; allí presentó a André Breton y Philippe Soupault en 1917. Después llegaron el surrealismo, las editoriales, el cine y, por supuesto, el existencialismo.
Durante la ocupación alemana, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre lo utilizaron como lugar de trabajo. El propio Sartre contó que llegaban por la mañana, regresaban después de comer y continuaban allí hasta la noche. Hoy el espectáculo es distinto —moda, turistas, habituales, curiosos y gente observando a gente—, pero esa también es una tradición muy parisina.

Antico Caffè Greco, Roma: un espresso entre 300 obras de arte
Via Condotti puede obligarte a esquivar bolsas de compras y escaparates de lujo, pero en el número 86 lleva funcionando desde 1760 el Antico Caffè Greco. Sus salas rojas acumulan más de 300 obras, recuerdos, retratos y objetos; está considerado una de las mayores galerías privadas de arte abiertas al público de Roma.
La lista de antiguos clientes roza lo absurdo: Goethe, Byron, Keats, Stendhal, Liszt, Wagner, Nietzsche, Joyce, María Zambrano y Orson Welles, entre muchos otros. También fue lugar habitual de artistas españoles instalados en Roma, entre ellos Mariano Fortuny y Eduardo Rosales. Merece la pena fijarse en las pequeñas salas encadenadas, los espejos y las mesas de mármol. Roma lleva siglos demostrando que el exceso, bien administrado, funciona.

New York Café, Budapest: aquí el minimalismo no fue invitado
Frescos, columnas salomónicas, dorados, lámparas venecianas, mármol: el New York Café abrió en 1894 dentro del edificio encargado por la New York Life Insurance Company y decidió desde el principio que la discreción era innecesaria. Que no falte de nada. Escritores y periodistas lo adoptaron enseguida; algunos de los periódicos más influyentes de Budapest llegaron a editarse en el edificio.
Su mejor historia es demasiado buena para ser completamente verdad. La leyenda asegura que el escritor Ferenc Molnár lanzó la llave del café al Danubio para que nunca pudiera cerrar.

A Brasileira, Lisboa: Pessoa sigue sentado fuera
A Brasileira comenzó en 1905 como un establecimiento que vendía café brasileño molido y tostado. Para convencer a los lisboetas de las virtudes del producto, se ofrecía una taza gratis con la compra; en 1908 empezó a servirse café por taza y el negocio acabó convertido en uno de los grandes puntos de encuentro intelectual del Chiado. Fernando Pessoa, Almada Negreiros y otros miembros del grupo de Orpheu pasaron por aquí. Pessoa continúa haciéndolo de una manera menos conversadora: desde 1988, una escultura de bronce de Lagoa Henriques lo representa sentado en la terraza. Es el compañero de mesa más fotografiado de Lisboa.

Café Gijón, Madrid: el último café literario
Madrid tuvo una extraordinaria cultura de cafés, pero muchos de sus nombres históricos —Fornos, Pombo, Suizo, Levante— sobreviven sobre todo en libros y fotografías. El Gijón sigue en el paseo de Recoletos. Lo abrió el asturiano Gumersindo Gómez el 15 de mayo de 1888, después de regresar de Cuba, y acabó convertido en una institución literaria por la que pasaron Pérez Galdós, Valle-Inclán, Ramón y Cajal, Cela o Torrente Ballester.
Tiene además un capítulo nuevo: tras cinco meses cerrado por obras, reabrió a finales de marzo de 2026 conservando su identidad histórica. Es importante porque el verdadero reto de estos lugares no consiste solo en sobrevivir cien años, sino en sobrevivir a su propia condición de icono.