Por qué Namibia es uno de los viajes más espectaculares que puedes hacer en África
Namibia se recorre con un 4x4, el depósito lleno y pocas prisas: del rojo de Sossusvlei a las salinas de Etosha, pasando por carreteras donde pueden transcurrir horas sin cruzarse con nadie.
La primera sorpresa de Namibia, además de sus espectaculares paisajes, puede ser una gasolinera. O, mejor dicho, la ausencia de ella. Puedes llevar dos horas conduciendo por una pista de grava, mirar el indicador del depósito con una atención que jamás le habías prestado en Madrid y empiezas a comprender que aquí las distancias funcionan de otra manera. Conviene repostar siempre que se pueda. También llevar agua. Y olvidarse de todo lo aprendido.
Es un aprendizaje eficaz porque Namibia el tamaño de Francia y Alemania juntas y una población que ronda los tres millones de habitantes. La densidad es de las más bajas del planeta. Dicho de otra manera: el vacío que aparece en las fotografías no es una ilusión.
Buena parte de ese territorio lo ocupa el Namib, considerado uno de los desiertos más antiguos del mundo. Frente a él está el Atlántico y, entre ambos, una combinación de corrientes marinas, niebla, viento y arena que ha producido uno de los paisajes más extraños de África. El Namib Sand Sea, Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2013, es además el único gran sistema de dunas costeras del mundo influido de forma significativa por la niebla.

Sossusvlei o cómo perder definitivamente la escala
Sossusvlei es la imagen que hizo que muchos viajeros empezaran a pensar en Namibia. También es uno de esos lugares muy fotografiados que, contra todo pronóstico, funcionan mejor al natural.
Para llegar hay que entrar por Sesriem y atravesar una carretera flanqueada por dunas cada vez mayores. Dune 45 está a 45 kilómetros de la entrada —de ahí su nombre— y es una de las más fáciles de subir. Más adelante está Big Daddy, que supera los 300 metros y desde cuya cima se puede bajar directamente hacia Deadvlei.
Deadvlei es la Namibia casi marciana que circula por libros y revistas desde hace décadas. El suelo blanco corresponde a una antigua laguna de arcilla; sobre ella siguen en pie acacias muertas hace siglos, convertidas por el sol en estructuras negras. Detrás, dunas rojas.

Hay que llegar pronto, en parte para evitar el calor y en parte porque el amanecer ilumina una mitad mientras la otra permanece prácticamente negra. Durante unos minutos parecen volúmenes dibujados con regla.
Dormir cerca de Sesriem permite entrar temprano y evita empezar el día con una paliza de carretera. Lodges de baja altura, tonos arena, piedra, madera, tejidos naturales y construcciones que intentan intervenir lo mínimo posible en el terreno. En un país donde el paisaje tiene semejante presencia, competir con él sería una batalla absurda.

Después aparece Swakopmund y cambia la película
La temperatura cae, entra la niebla del Atlántico y surgen fachadas de herencia alemana. Namibia fue África del Sudoeste Alemana desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial y esa historia sigue siendo visible en la arquitectura, en algunos nombres de calles y hasta en algunas pastelerías. También es una historia colonial brutal, marcada especialmente por el genocidio de los pueblos herero y nama a comienzos del siglo XX.
Swakopmund funciona como parada estratégica: buenos restaurantes, hoteles cómodos, lavanderías, tiendas y la posibilidad de recuperar algo de vida urbana antes de volver a desaparecer durante varios días.

Donde el desierto se encuentra con el Atlántico
Al norte comienza Skeleton Coast. La corriente fría de Benguela provoca nieblas densas frente a la costa y durante siglos esta combinación de escasa visibilidad, oleaje y bancos de arena convirtió la navegación en un asunto complicado. Algunos restos de barcos todavía aparecen varados junto al desierto. El caso del Eduard Bohlen es especialmente desconcertante: naufragó en 1909 y hoy está varios cientos de metros tierra adentro debido al avance de la línea de costa.
Cuanto más se avanza hacia el norte, menos amable se vuelve el terreno. En estas regiones sobreviven elefantes adaptados al desierto, rinocerontes negros y poblaciones de leones capaces de recorrer enormes distancias en busca de alimento. Algunas de las zonas más remotas de Skeleton Coast están restringidas y se visitan mediante expediciones organizadas o pequeños vuelos. Es caro.

En Damaraland aparecen macizos rocosos, llanuras, cauces secos y Twyfelfontein, Patrimonio Mundial desde 2007 y uno de los conjuntos de arte rupestre más importantes del continente. Sus grabados —jirafas, rinocerontes, elefantes, avestruces— recuerdan algo que la estética del "planeta vacío" tiende a esconder: este territorio lleva miles de años siendo recorrido, observado y habitado.
Si se dispone de más tiempo, al sur espera otra rareza. Kolmanskop fue una próspera localidad diamantífera alemana levantada a comienzos del siglo XX cerca de Lüderitz. Tuvo hospital, escuela, casino e incluso una fábrica de hielo. Después llegaron nuevos yacimientos, la actividad se desplazó y el pueblo quedó abandonado.

Etosha: aparcar y esperar
El último cambio de escenario puede ser Etosha. Su enorme salar ocupa buena parte del parque y en los meses secos convierte el paisaje en una extensión blanca que vuelve a descolocar las distancias. Un animal que parece estar a cien metros puede encontrarse bastante más lejos.
El safari aquí tiene una particularidad: se puede hacer en buena medida por cuenta propia. Durante la estación seca, los animales se concentran alrededor de los puntos de agua y la estrategia más inteligente suele ser conducir menos y esperar más. Elefantes, jirafas, cebras, springboks y rinocerontes van apareciendo con una puntualidad que ningún guía se atrevería a garantizar.
Para un primer viaje, entre mayo y octubre sigue siendo la época más sencilla: temperaturas más agradables, pocas lluvias y mayor concentración de fauna alrededor del agua. Dos semanas permiten dibujar una ruta razonable entre Windhoek, Sossusvlei, Swakopmund, Damaraland y Etosha. Con más días, Lüderitz y el sur empiezan a tener sentido.