Ruta por los pueblos más bonitos de Toledo: tesoros visigodos, castillos señoriales y guiños quijotescos
Nos vamos a Guadamur, Consuegra, Tembleque y El Toboso. Nos dejamos Ocaña, Oropesa o Puebla de Montalbán para otra ocasión. Toledo está lleno de pueblos sorprendentes. Por sus castillos, sus plazas, sus tradiciones, sus molinos de viento y todo lo que tiene que ver con Cervantes y Don Quijote.
Qué vamos a decir a estas alturas de la bella Toledo, esa ciudad con un casco antiguo rodeado de murallas y una catedral gótica impresionante. Nunca nos cansaremos de visitarla. Solo subir y bajar por sus calles empedradas ya vale el viaje. Y luego están esos hitos que son el monasterio de San Juan de los Reyes, la sinagoga del Tránsito o el Museo del Greco.
Esta vez, sin embargo, nos vamos de ruta por la provincia. Si en Cuenca visitamos el teatro romano de Segóbriga o el monasterio de Uclés, aquí se vuelven imprescindibles los molinos de viento de Consuegra o el castillo de Guadamur. Son solo dos de sus pueblos más bonitos. En Castilla-La Mancha es difícil no toparse con Don Quijote de la Mancha. Y aquí nos toparemos. Sobre todo, en El Toboso, la tierra de Dulcinea. No faltan castillos majestuosos ni iglesias principales. Tampoco plazas porticadas, como la de Tembleque.

Guadamur, un castillo y el Tesoro de Guarrazar
El castillo de Guadamur iluminado de noche es una estampa que no hay que perderse. Data del siglo XV y tuvo entre sus muros a figuras de la talla de Felipe el Hermoso, Juana la Loca, Carlos V o el cardenal Cisneros. Y no es lo único de lo que puede presumir este pueblo de la comarca de los Montes de Toledo, a solo quince kilómetros de la capital provincial.
Fuera del casco histórico, se encuentra la ermita mudéjar de Nuestra Señora de la Natividad (XIII-XIV), que alberga piezas del valiosísimo Tesoro de Guarrazar, uno de los conjuntos de orfebrería más importantes del mundo visigodo. Este tesoro está repartido entre el Museo Arqueológico Nacional y otros espacios museísticos, pero Guadamur mantiene vivo su legado en el Centro de Interpretación del Tesoro de Guarrazar.
No hay que perderse tampoco la iglesia de Santa María Magdalena (s. XVI), por su artesonado mudéjar y su capilla neomudéjar. Ni el Museo Etnográfico de la Comarca de los Montes de Toledo, que además está instalado en otra ermita, la de San Antón. Todo ello en medio de un paisaje ondulado cubierto de olivares que pide a gritos un paseo.

Consuegra, molinos gigantes y un castillo medieval
A Consuegra, en las llanuras de la comarca de La Mancha, se llega atraídos por los molinos de viento, que se alzan quijotescos sobre el cerro Calderico. No son dos ni tres ni cuatro, sino doce, que se han convertido irremediablemente en el emblema de la localidad. Estos ingenios parecen puestos ahí para sublimar el paisaje, pero sirvieron para convertir el trigo y demás cereales en harinas y piensos. En el Molino Sancho se puede ver cómo eran originalmente.
Por si fuera poco, junto los molinos se alza el castillo medieval de la Muela. Ya bajando de las alturas, hay que dirigirse a la plaza de España, donde estuvo el foro de la ciudad romana de Consabura, y admirar, entre otros, el edificio de los Corredores, ejemplo de arquitectura manchega con la típica balconada de madera. Dentro está el Museo Arqueológico Municipal, con una curiosa colección de calzado medieval.
Atención también a la iglesia del Santísimo Cristo de la Vera Cruz, patrón de Consuegra; a la iglesia de San Juan Bautista, la más antigua; y al palacio prioral Casa de la Tercia, sobre las termas romanas. Otra parada que merece la pena es el Alfar, antiguo taller de alfarería donde se muestran antiguos aperos de labranza y artesanía. Sin olvidar la presa más larga de la Hispania romana, con más de 600 metros de longitud.

Tembleque, una plaza Mayor como ninguna
No hay una plaza como la de Tembleque. Es cierto que hay algunas que compiten con ella en hermosura, como la de Chinchón o la de Almagro, pero esta tiene detalles que la hacen única. Es una joya de la arquitectura popular barroca, construida en 1598 al estilo de los corrales de comedias, aunque no fue inaugurada hasta 1653, cuando Felipe IV hizo parada camino de Sevilla.
El pueblo es muy muy manchego, de casas blancas, y quijotesco. Hasta aparece citado en el libro del caballero andante. Y por tener, tiene hasta dos molinos. Callejear es encontrarse con la ermita de la Vera Cruz, con forma octogonal; con la iglesia de la Asunción (s. XVI); y con la Casa de las Torres, un palacio del XVIII con portada barroca. Para ver la ermita del Santísimo Cristo del Valle y el bello paraje que la rodea, hay que alejarse quince kilómetros del centro.

El Toboso, el pueblo de la simpar Dulcinea
Seguimos a vueltas con el Quijote, que es inagotable. En esta ocasión para detenernos en el lugar de La Mancha de donde procede la simpar Dulcinea. Las calles son empedradas, y los muros, en blanco y añil. El viaje es también literario. Se consuma en el Museo Casa Dulcinea, una casa típica con molino, bodegas, patios, corrales y pozos, que perteneció a los Martínez Zarco de Morales. Dicen que fue doña Ana, una de sus habitantes, quien inspiró el personaje de Cervantes. Al lado, el Museo Cervantino, con ediciones del Quijote en todas las lenguas, desde el esperanto al coreano.
En el itinerario hay que incluir la iglesia de San Antonio Abad, bautizada como la Catedral de La Mancha. Y el convento de las Trinitarias, El Escorial de La Mancha. En cuanto al convento de la Concepción, tiene fama por los dulces que elaboran las clarisas, las pelusas y los caprichos de Dulcinea. ¿Una ruta por El Toboso? La de los pozos.