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El Rocío, más allá de la romería: un poblado que parece de wéstern en un paisaje idílico
Por qué tienes que ir a El Rocío, más allá de la romería: un poblado que parece de wéstern en un paisaje idílico
Una aldea blanca con caballos silvestres, entre marismas y donde ya se adivina el Atlántico, que besa la playa de Matalascañas. Sobran los motivos para ir a El Rocío. Más allá de la Blanca Paloma y la romería.
Si recorriste ya la ruta por los faros de Huelva, puedes enrolarte en esta otra aventura. Casas bajas de estilo colonial, postes en los porches para amarrar los caballos y calles rectas sin pavimentar, la pequeña aldea de El Rocío, en Almonte (Huelva), parece sacada de una película. Y, sin embargo, es al revés. Fue ella, fundada en el siglo XIII, la que inspiró el urbanismo y la arquitectura del Lejano Oeste. Tanto de Texas, Arizona y Nuevo México como de Colorado, Utah, Wyoming y Nevada. De la aldea almonteña salieron también camino a las Américas, ya en el XV, todos esos aperos ecuestres que tanto protagonismo tuvieron luego en las películas de vaqueros: la montura, los arreos de cuero, el sombrero, el lazo o las espuelas.
El Rocío, una aldea a caballo
Cuando la romería pasa y las aguas vuelven a su cauce, El Rocío aparece con su belleza multiplicada en medio de una soledad insólita, quebrada por el trote de uno, dos o tres caballos, envuelta en el antológico polvo del camino y subrayada por la luz que proyecta el blanco hacia todos sus rincones. Fue el descubrimiento de América lo que propició la exportación del caballo marismeño y de la vaca mostrenca, especies autóctonas de las marismas del Parque Nacional de Doñana, a dicho continente. Y con los equinos y los bóvidos, todo lo demás. La cría de estos caballos asilvestrados, cuyo máximo exponente es la Saca de las Yeguas, una tradición ancestral, es más que el oficio de los yegüerizos. Está en la memoria colectiva.

A diferencia del Oeste americano que nos pintó el cine, aquí todas las casas, pequeñas y blancas, miran con su particular liturgia a la ermita de la Virgen del Rocío, donde habita la Blanca Paloma. La arena que se pisa es el preludio del mar, que llega a las orillas de Matalascañas, a tan solo 15 kilómetros, y el de Doñana, con su particular confluencia de ecosistemas. La naturaleza añade más lirismo a este paisaje reverencial, con mucho de sagrado.
El Paseo Marismeño y la Plaza del Acebuchal
Frente a la ermita arranca el Paseo Marismeño, desde donde se ve pastar a caballos y potros. Y en el agua, garzas, flamencos, espátulas o moritos. Un potente reclamo para los amantes de la ornitología. Es lugar de paso, cría e invernada de miles de aves europeas y africanas. Por no hablar de los idílicos atardeceres, cuando el cielo se enciende sobre las marismas y todo adquiere las trazas del paraíso.
Pero no todo es biodiversidad y excelencia natural. En este paseo se rinde homenaje al tamborilero, figura indispensable en la romería, con una escultura de José Manuel Díaz Cerpa, que le muestra tocando la flauta y el tamboril, ataviado con el traje rociero y el sombrero de ala ancha.

De otra parte, la plaza del Acebuchal pone a los olivos silvestres ya centenarios en su sitio. Son reminiscencias de un tipo de bosque original de la comarca de Doñana. Está tan enraizado en la zona que, según la leyenda, fue junto a uno de estos viejos árboles donde apareció milagrosamente la Virgen de las Rocinas en el siglo XIII. Se llamó así hasta mediados del siglo XVII. De hecho, los documentos se refieren a la ermita de Santa María de las Rocinas ya a principios del XIV. Y se da por sentado que se construyó en tiempo de Alfonso X el Sabio, el rey que cantó en sus cantigas a Santa María la Blanca, la Virgen de Villalcázar de Sirga, el pueblo de Palencia donde mejor se come.
De peregrinación por el Parque Nacional de Doñana
Pero el templo que vemos en El Rocío, la razón de ser de todo, ya no es la ermita primitiva, que quedó destruida por el conocido como "terremoto de Lisboa". Ni siquiera la que se construyó a renglón seguido. El santuario actual, de los arquitectos Alberto Balbontín de Orta y Antonio Delgado y Roig, quedó bendecido en abril de 1969, dando más alas aún a la Salve Rociera y sirviendo de escenario a la romería cuando llega Pentecostés, por mayo, y sobre el turismo se imponen la tradición, la fiesta y la fe. Es la peregrinación mariana más importante de España. Hasta un millón de romeros acuden a celebrar a la Reina de las Marismas.

Más allá de esta devoción que mueve montañas, El Rocío nos abre de par en par las puertas de Doñana, uno de los mayores humedales europeos. Desde Almonte se puede acceder mediante visita guiada con alguna de las empresas autorizadas o a través de los centros de recepción de La Rocina, de donde sale un itinerario salpicado de observatorios de aves; del Palacio del Acebrón, para recorrer un frondoso bosque de ribera, y del Acebuche, donde está el observatorio del lince ibérico.
De Matalascañas a Sanlúcar de Barrameda
Fuera del parque, resulta tentador ir en bicicleta por el carril del Asperillo, que tiene como recompensa final el acantilado arenoso del mismo nombre, el más alto de Europa de este tipo y una de las formaciones geomorfológicas más singulares de España. Un monumento natural entre Matalascañas y Mazagón.

O enfilar, también a bordo de dos ruedas, la ruta que va desde Matalascañas por la playa Virgen de Doñana hasta la Punta del Malandar, donde se puede coger una barcaza que cruza la desembocadura del Guadalquivir y toma tierra en Sanlúcar de Barrameda. Son 33 kilómetros de playa, dunas móviles y Atlántico, entre los que aparecen las antiguas viviendas de pescadores, las torres vigías (siglos XVI y XVIII) y también búnkeres de la II Guerra Mundial. Y siempre está la posibilidad de rendirse a los encantos del turismo ecuestre.