El Albaicín no solo está en Granada: así es el barrio de casas blancas y calles empinadas de La Mancha
En Campo de Criptana no todo son molinos de viento quijotescos. También hay un barrio de calles empedradas y empinadas con casas blancas y zócalo en añil que lleva hasta lo más alto. Es el Albaicín manchego.
Los cármenes, la arquitectura árabe, las cuestas, los miradores. Y, entre ellos, el mirador de San Nicolás como colofón a un paseo por callejuelas centenarias. Un balcón asomado a ese sueño que es la Alhambra. Qué puede parecerse a la vieja Granada y, en concreto, a su Albaicín. Un barrio como ninguno, todo empedrado y la música de Falla de fondo como un telón. Sin embargo, este nombre, derivado del árabe "al-bayyazin", que alude al barrio en pendiente o cuesta, nos lleva también hasta un lugar de La Mancha cuyo nombre es difícil de olvidar, Campo de Criptana.
Así es el Albaicín de Campo de Criptana
En este pueblo de Ciudad Real, que a su vez nos remite inevitablemente al "Quijote" por sus molinos, que eran los gigantes contra los que el Ingenioso Hidalgo combatió en el capítulo VIII de la magistral obra de Miguel de Cervantes, hay también un Albaicín. No es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco como su homólogo granadino, pero sí posee toda la gracia y el encanto manchegos. Rompiendo la omnipresencia del blanco con el zócalo en añil, más las tejas árabes rojizas y las obligadas rejas de forja.

Así que en la Tierra de Gigantes, como se conoce a Campo de Criptana, porque en el catastro del Marqués de la Ensenada (1752) aparecían inscritos hasta 34 molinos, podemos hallar este barrio con solera en la parte alta, en el cerro de la Paz, donde está la ermita de la Paz y el molino Sardinero, entre la sierra de los Molinos y el centro histórico.
El Pósito Real y la casa-cueva de la Pastora Manchega
Hay fuentes, casas-cueva y cuevas-silo, además de un trazado laberíntico que invita a perderse y a ir a esa tierra prometida que siempre son las alturas. Fue en este cerro donde empezó todo. Aquí estuvo la aldea El Campo, el origen de la localidad actual, tal y como aparece en la documentación medieval que se conserva, que luego acogió a la población procedente de las cercanas Chitrana, Villajos y Posadas Viejas.

Todo está muy cuidado en Campo de Criptana. Se ha sabido conservar a la perfección el inconfundible aire de estas tierras y se ha puesto al servicio del turismo más cultural. Yendo a las raíz, se puede visitar una de las casas-cueva, la de la Pastora Manchega. Con unos 100 metros cuadrados, fue vivienda habitual, cuadra para los animales de carga y almacenaje del grano que luego se molía en los molinos de viento.
Qué más ver en Campo de Criptana
Esta casa-cueva vale de ejemplo de cómo era la vida doméstica de antaño. En la planta inferior está el patio, la casa, el almacén, la cuadra, la cocina con despensa y chimenea, así como las habitaciones. En la superior, una exposición del fotógrafo Isidro de las Heras y paneles informativos sobre otras como ella. Porque no es la única. Están contabilizadas más de 300, que empezaron a construirse a finales del siglo XIX, en un barrio en el que hay más del doble de inmuebles.
Desde el Albaicín se llega en un pispás a la fuente del Caño, uno de los escenarios de las jornadas de música, cultura y vino Airen Fest, que tienen lugar durante un fin de semana en mayo. Catas, conciertos, experiencias gastronómicas y propuestas culturales.

En la sierra de los Molinos está también el Museo Sara Montiel, hija de la villa, en el molino Culebro, y el Museo del Vino de la Mancha, con sede en el molino Inca Garcilaso. Además del Museo Eloy Tena, escultor autodidacta que se inspiró en el Quijote, y la Sala de los Carros, del artesano local Severiano Lucas Angulo, dentro del Centro de Interpretación del Molino Manchego.
Pero no todo son gigantes ni todo Albaicín. Campo de Criptana tiene un admirable casco histórico, del que forma parte el Pósito Real, en la plaza del mismo nombre. Un magnífico edificio que fue banco agrícola desde el siglo XVI, ayudando a los agricultores con préstamos en especie en época de carestía, y hoy es Museo Municipal, con una exposición permanente de arqueología. La portada luce arco de medio punto, escudo central de Felipe II y dos escudos laterales que recuerdan que la villa perteneció a la Orden de Santiago.
Una ruta cultural por el casco histórico
En la plaza Mayor despunta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, reedificada en 1958 tras ser arrasada la anterior (s. XVI) en la guerra civil española. Comparte protagonismo con la casa-palacio de los Condes de las Cabezuelas (s. XVII), con balconada de madera, corral, oratorio y bodega.
Más antigua es la casa de la Tercia, en la plaza así llamada, del siglo XV. En ella se almacenaban los productos de las tercias que la Orden de Santiago cobraba a los labradores que estaban bajo su jurisdicción. Otra casa antigua a admirar es la de Henríquez de Luna, con dos escudos heráldicos de comienzos del XVIII, o la de Peñacarrillo, al estilo de las casas nobiliarias aragonesas.

En lo que a patrimonio religioso se refiere, hay que añadir la iglesia del Convento del Carmen, originaria del XVI pero reformada en el XVIII, y las incontables ermitas. Entre ellas, la de la Madre de Dios, la de la Veracruz, la de Santa Ana o la ya citada de la Paz. Pequeñas y coquetas, en blanco y azul, incluso en rojo, nos recuerdan a las que ilustran el Alentejo portugués.
Fuera del casco urbano, se puede echar el ojo al santuario de la Santísima Virgen de Criptana (s. XVI), que está donde estuvo la referida Chitrana, en el cerro de la Virgen. Lo rodea una antigua muralla. Y el del Santísimo Cristo de Villajos, vinculado a la aldea medieval de Villajos.