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La Scarzuola es la "ciudad ideal" del arquitecto Tomaso Buzzi, construida en una colina de la Umbría. Allí hubo una cabaña que habitó Francisco de Asís. Pensarás que estás dentro de un dibujo de Escher o en una pintura de William Blake.
La Scarzuola es un lugar fascinante. Tal vez produzca una sensación parecida a la que se tiene cuando se está en la Quinta da Regaleira de Sintra, nada que que ver con el colorido y fantasioso Palacio da Pena. Este otro palacio se sitúa en un terreno mucho más simbólico y mistérico. Sobre todo cuando se desciende al pozo iniciático y se pierde uno por sus jardines que se van haciendo bosque según se asciende entre quimeras y dioses. El recuerdo del Portugal más cargado de misticismo nos asalta al llegar a este rincón escondido de la Umbría. En la aldea de Montegiove, en la comuna de Montegabbione, provincia de Terni. Encontrarlo forma parte del ritual.
Así es La Scarzuola, teatral, simbólica, onírica
No nos vamos a poner en exceso místicos, pero sí es verdad que tiene mucho de viaje interior. Por lo que cuenta y por lo que calla, por lo que es y lo que fue, por lo que se ve y lo que se adivina. Y no es de extrañar cuando en paralelo al recorrido por sus evocadoras piedras, que nos trasladan sin ningún esfuerzo hasta un territorio onírico, se interna uno en su historia.
Según la tradición, Francisco de Asís se detuvo aquí en 1218 y se refugió en una cabaña hecha de scarza, una planta acuática típica de la zona, similar al junco de agua o enea. Se cuenta que plantó un laurel y un rosa, y que brotó agua de un manantial. Un milagro, tal vez de la propia naturaleza.

Después, los condes de Marsciano, poderosa dinastía feudal, para honrar la memoria del santo de Asís mandaron construir una iglesia dedicada a la Santísima Anunciación y la prepararon para su sepultura. El último enterramiento de este linaje data de 1820.
Aún no hemos llegado a lo que es La Scarzuola propiamente dicha. Pero nos detendremos un instante en el interior de esta iglesia. En sus tres capillas, dedicadas al autor del "Cántico de las criaturas", a San Carlos Borromeo, figura importantísima en la Contrarreforma, y a San Antonio Abad, el fundador del movimiento eremítico. Además, la capilla del Crucifijo, que es octogonal, y la capilla del altar mayor, que luce dorada con el escudo de armas de los condes.
Tomaso Buzzi, el arquitecto que soñó una ciudad
Una vez los condes y sus descendientes fallecieron, el lugar cayó en el abandono y se cubrió de un extraño romanticismo. Así fue como se lo encontró Tomaso Buzzi, arquitecto y diseñador de interiores, quien en 1957 decidió comprarlo. Su belleza de raigambre antigua era inmensa y el flechazo fue instantáneo. El viento soplaba a su favor, dado su oficio, y se dispuso a restaurar lo que quedaba del antiguo convento franciscano y levantar su pequeña ciudad con sus teatros y su acrópolis.

Pretendía hacer no la recurrente residencia vacacional rendida al lujo y las comodidades, sino lo que para él era la ciudad perfecta. Construyó todo un complejo de gran valor esotérico, en el que incluyó elementos arquitectónicos tan elocuentes como la Torre de la Desesperación, la Escalera de la Vida, el Pozo de la Meditación, el Teatro de las Abejas, el Templo de Eros o el Termitero. Volcó en él, en definitiva, su manera de entender la vida y, queriendo dar a esta un sentido, se entregó en cuerpo y, especialmente, en alma durante veinte años. Lo dejó, a conciencia, inacabado. ¿Podía haber algo más evocador?
Teatros, torres, escaleras, monstruos y laberintos
El lugar, al final un proyecto vital y el legado insólito para la posteridad de un arquitecto fascinado por la Antigüedad y todo sus mitos y ritos, se ha convertido en un lugar de peregrinación turística, inevitablemente. Salido todo de su portentosa imaginación, se ha llegado a bautizar como la Cittá Buzziana. Parece un inmenso decorado teatral, en el que en algún momento se va a representar el "Agamenón" de Esquilo o la "Antígona" de Sófocles.

Se suceden los teatros y anfiteatros, las columnatas, las torres, las escaleras en todas las direcciones, las espirales, los laberintos. Todo está impregnado de un misticismo secular, muy emparentado con la contemplación, la meditación y el silencio. Pero no faltan los monstruos, ni las más diversas divinidades, ni la desproporción deliberada, ni los guiños a la magia, la geometría y lo astronómico. Y aquí quizás habría que citar a M.C. Escher o a William Blake. Es como estar dentro de sus obras.
Del palacio de Liria de Madrid a La Scarzuola
Al parecer, Buzzi se inspiró en la Hypnerotomachia Poliphili ("El sueño de Polífilo"), atribuido a Francesco Colonna (1467). Se editó en Venecia en 1499 en la imprenta de Aldo Manucio con impresionantes xilografías que mostraban los sueños del protagonista.
El propio Tomaso Buzzi describía así su trabajo: "Cuando estoy aquí, estoy desnudo (…). Aunque vivo entre la gente del Bello Mondo casi como uno de ellos, y trabajo para los mecenas de forma seria y profesional, en verdad vivo una vida de ensueño, en secreto, entre mis papeles, mis dibujos y mis pinturas, mis esculturas. E incluso la Scarzuola se convierte cada vez más en piedra viva, en mi ensoñación, cada vez más vasta y compleja, y llena de significados ocultos, alusiones, metáforas, conceptos, secretos".

Tomaso Buzzi nació en Sondrio, en el norte de Lombardía, en la comarca alpina de Valtelina, casi ya Suiza, en 1900 y se graduó en arquitectura en 1923 en el Politécnico de Milán, donde fue profesor hasta 1954. Curiosamente, empezó como arquitecto de interiores, a menudo colaborando con Gio Ponti, arquitecto, diseñador, escenógrafo y mítico director de la revista "Domus".
Y más curioso aún, restauró el palacio de Liria, de los duques de Alba, en Madrid. Además de otros muchos edificios monumentales como los castillos de Paraggi y Pedeguarda, la fortaleza de Spilimbergo y los palacios Volpi, Cini y Brandolini d'Adda de Venecia, entre muchísimos otros. Falleció en 1981 en Rapallo (Génova).