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Una bahía declarada Patrimonio de la Humanidad, un islote convertido en icono del lujo y algunos de los mejores puertos deportivos de Europa explican por qué Montenegro es el destino que más está creciendo en el Adriático.
Montenegro ocupa apenas un pequeño tramo de la costa del Adriático —295 kilómetros entre Croacia y Albania— y, sin embargo, concentra una densidad de paisajes para todos los gustos. En menos de dos horas se puede pasar de un puerto medieval protegido por la Unesco a uno de los mayores puertos para superyates del Mediterráneo, de playas de aguas transparentes a montañas que superan los 2.000 metros de altitud. Esa combinación, unida a una apuesta muy calculada por el turismo de alto nivel, explica por qué este pequeño país balcánico lleva años apareciendo en las agendas de viajeros experimentados.
Los números ayudan a entender el fenómeno. El turismo genera alrededor de una cuarta parte del PIB del país, una de las cifras más altas de Europa, y buena parte de las inversiones de la última década se han concentrado en proyectos hoteleros, marinas y desarrollos residenciales de lujo. Mientras otros destinos mediterráneos buscan cómo reducir la presión turística, Montenegro ha construido su posicionamiento alrededor de un visitante que permanece más tiempo, gasta más y busca experiencias muy distintas al turismo de sol y playa siempre.
¿Lo mejor? Todavía hay margen para descubrir lugares sin colas, terrazas donde es posible sentarse sin reservar con semanas de antelación y carreteras panorámicas no invadidas por influencers en busca de foto.

Kotor, la bahía que ha cambiado el mapa del Adriático
Todo empieza en la bahía de Kotor, uno de esos accidentes geográficos que obligan a mirar dos veces. Muchos lo describen como el fiordo más meridional de Europa, aunque geológicamente no lo sea. Se trata de una antigua ría rodeada por montañas calizas que caen casi en vertical sobre el mar, creando uno de los paisajes más espectaculares del Adriático.
La ciudad de Kotor, protegida por la Unesco desde 1979, conserva intacto su trazado medieval. Sus murallas ascienden por la montaña hasta la fortaleza de San Juan, desde donde se obtiene una de las panorámicas más reconocibles de los Balcanes. Conviene subir temprano: los más de 1.300 escalones resultan mucho más llevaderos antes de que el calor apriete y antes de la llegada de los grandes cruceros.

Apenas quince minutos separan Kotor de Perast, un antiguo puerto veneciano donde sobreviven palacios barrocos, iglesias de piedra y una calma que contrasta con el creciente movimiento de la bahía. Frente a sus muelles aparece Nuestra Señora de las Rocas, una pequeña isla artificial construida durante siglos por los marineros locales, que depositaban una piedra cada vez que regresaban sanos y salvos de una travesía. Es uno de esos lugares donde Montenegro deja claro que su mayor atractivo no son únicamente los paisajes, sino la cantidad de historia acumulada en muy pocos kilómetros.

De antiguo arsenal yugoslavo al puerto de los superyates
Si Kotor representa el pasado, Porto Montenegro, en Tivat, resume la transformación reciente del país. Lo que durante décadas fue un arsenal naval de la antigua Yugoslavia se ha convertido en una marina capaz de recibir algunos de los mayores superyates del mundo. Alrededor del puerto han ido apareciendo hoteles, residencias privadas, galerías de arte, restaurantes, clubes náuticos y boutiques que han situado a Tivat en el radar del turismo internacional de lujo.
Resulta interesante comprobar que el desarrollo ha evitado la espectacularidad arquitectónica que suele acompañar este tipo de proyectos. Los edificios mantienen alturas contenidas, abundan los paseos peatonales y el puerto funciona como una extensión de la ciudad, no como un recinto aislado para propietarios de embarcaciones. Muy cerca, Luštica Bay está siguiendo un camino parecido.

Sveti Stefan, un icono
La imagen más conocida de Montenegro sigue siendo Sveti Stefan. El islote fortificado unido a tierra por un estrecho istmo lleva décadas protagonizando campañas turísticas y portadas de revistas. Antes incluso de la independencia del país ya era uno de los hoteles más exclusivos de Europa y por sus habitaciones pasaron figuras como Sophia Loren, Elizabeth Taylor o Kirk Douglas.
Aunque el histórico complejo permanece cerrado desde hace varios años por un conflicto administrativo entre el operador hotelero y el Estado, el lugar mantiene intacto su magnetismo visual.

La costa continúa hacia Budva, probablemente la localidad más animada del verano montenegrino. Su casco histórico amurallado conserva un interesante patrimonio veneciano, aunque la ciudad también concentra buena parte de la vida nocturna del país. Quien busque un ambiente más relajado suele continuar hasta Petrovac.
Un país donde el mar nunca queda lejos de la montaña
Uno de los grandes errores al planificar un viaje a Montenegro consiste en reservar todo el tiempo para la costa. El interior cambia completamente el relato. El Parque Nacional de LovÄen ocupa el macizo donde nació la identidad nacional montenegrina y alberga el mausoleo de Petar II PetroviÄ-Njegoš, gobernante, filósofo y poeta considerado una figura clave de la historia del país. Desde allí, en los días despejados, la vista alcanza buena parte del Adriático.
Algo más al norte aparece el Parque Nacional de Durmitor, otro espacio declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. Aquí se encuentra el cañón del río Tara, que supera los 1.300 metros de profundidad en algunos tramos y está considerado uno de los más profundos de Europa. Senderismo, ciclismo de montaña y rafting. Tienes para elegir.

También la mesa refleja esa doble personalidad. En los pueblos del litoral predominan el pescado fresco, los mejillones de la bahía de Kotor y una cocina claramente influida por siglos de presencia veneciana. En el interior aparecen quesos de montaña, embutidos curados y vinos elaborados con la variedad autóctona Vranac, probablemente la etiqueta montenegrina que más reconocimiento internacional ha conseguido en los últimos años.
Quizá dentro de unos años resulte imposible recorrer la bahía de Kotor con la tranquilidad actual o encontrar mesa frente al mar sin demasiada planificación. Por eso, este es un buen momento.