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Un viaje a través de la historia por el corazón de los Pirineos
De la Val d’Aran al Cap de Creus, iglesias, monasterios y pinturas medievales trazan una ruta por algunos de los paisajes más asombrosos de Cataluña. Descúbrelos en cualquier época del año.
El románico llegó a los Pirineos catalanes hace alrededor de mil años y encontró en sus valles un territorio extraordinariamente fértil. Entre los siglos X y XIII, pequeñas comunidades levantaron iglesias y ermitas con la piedra extraída de la montaña, cubrieron sus ábsides con coloridos frescos y poblaron sus templos de tallas que hoy forman parte de la historia del arte europeo.
Buena parte de aquel patrimonio sigue hoy en pie. Desde la Val d’Aran hasta el Empordà, atravesando la Alta Ribagorça, el Pallars, el Alt Urgell, el Berguedà, el Ripollès y la Garrotxa, el legado medieval invita a recorrer este destino de oeste a este, a través de un itinerario en el que arquitectura y entorno resultan difíciles de separar. El viaje encaja, además, en el espíritu del Any del Turisme Cultural 2026, que persigue descubrir el territorio y ensanchar el calendario de las escapadas culturales. Y es que el patrimonio pirenaico permanece accesible durante todo el año, conduciendo al viajero por pequeños municipios y comarcas de montaña dispersos, pero que conforman una identidad común. Se trata de una de las zonas más bellas de Cataluña, que vale la pena descubrir en otoño y primavera, cuando las carreteras recuperan la calma y el paisaje cambia de color.

Turismo de interior
El trazado puede comenzarse en la Val d’Aran, donde una quincena de iglesias permite comprender hasta qué punto el románico se integró en la vida de los pueblos catalano-pirenaicos. Nostra Senyora de la Purificació, en Bossòst, mantiene su notable planta basilical de tres naves, declarada Bien Cultural de Interés Nacional. En Vielha, Sant Miquèu custodia el Crist de Mijaran, una obra maestra de la época, mientras que Sant Andrèu de Salardú alberga la valiosa talla del Crist de Salardú. Santa Maria d’Arties, Monumento Nacional, suma a su arquitectura medieval un magnífico conjunto de pinturas murales góticas. Y en Santa Eulària d’Unha, la única que conserva restos murales románicos, se puede observar fragmentariamente la figura del Pantocràtor.
En una segunda jornada vale la pena perderse por las comarcas pirenaicas de Lleida hasta alcanzar, en la Alta Ribagorça, un enclave singular: la Vall de Boí. Sus nueve templos –ocho iglesias y una ermita–, construidos entre los siglos x y xii siguiendo el estilo del románico lombardo, son Patrimonio Mundial de la Unesco. Sant Climent y Santa Maria de Taüll son los más conocidos, junto con Sant Joan de Boí, Santa Eulàlia d’Erill la Vall, Sant Feliu de Barruera, la Nativitat de Durro, Santa Maria de Cardet, l’Assumpció de Cóll y la ermita de Sant Quirc de Durro. La piedra, los tejados de pizarra, los volúmenes sencillos y, sobre todo, sus esbeltos campanarios definen el perfil de estos pueblos de montaña que se integran en el paisaje de una manera orgánica.

La carretera avanza hacia el Pallars, donde el patrimonio se dispersa de nuevo por valles y pequeñas poblaciones. El monasterio de Sant Pere del Burgal y el santuario de Santa Maria d’Àneu conservan importantes vestigios murales, testimonio de una época en la que los muros de las iglesias servían también para narrar la vida. Muchas de esas grandes obras se conservan actualmente en museos, especialmente en el Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), en Barcelona, cuya colección permite completar el recorrido y entender la relación entre las piezas originales y los lugares para los que fueron creadas.
El siguiente paso conduce al Alt Urgell. En la Seu d’Urgell se alza Santa Maria, la única catedral románica que se conserva en Cataluña; su presencia recuerda la relevancia que alcanzó esta ciudad pirenaica durante la Edad Media. A pocos kilómetros, Organyà introduce otra dimensión cultural; allí se dedica un espacio a las Homilies d’Organyà, consideradas el texto más antiguo escrito en catalán. El viaje por el románico acaba así cruzándose también con la historia de la lengua.

Avanzando hacia el este, ya en la provincia de Barcelona, el Berguedà prolonga el itinerario entre bosques y relieves prepirenaicos. Sant Jaume de Frontanyà guarda una de las singularidades arquitectónicas del recorrido: un cimborrio de 12 caras único en el románico catalán. Cerca de Guardiola de Berguedà, el monasterio de Sant Llorenç, restaurado hace unos años, permite contemplar la configuración que presentaba su interior en el siglo XV.
En Cercs, Sant Quirze de Pedret obliga a retroceder. Esta pequeña iglesia prerrománica puede presumir de uno de los conjuntos de pintura mural más destacados de su época. La escala del edificio resume bien una de las características de la ruta: algunas de sus obras más valiosas aparecen en construcciones de dimensiones modestas, levantadas en lugares que todavía mantienen una relación directa con el entorno que las vio nacer. El viaje entra así en el Ripollès, donde Santa Maria de Ripoll marca otra de las grandes etapas. Su portada esculpida figura entre las obras monumentales del románico europeo, una compleja superficie de piedra poblada de escenas bíblicas, figuras y motivos ornamentales. Y en Sant Joan de les Abadesses, el monasterio conserva el Santíssim Misteri, uno de los grupos escultóricos medievales más importantes del territorio.
Rumbo al Mediterráneo
A medida que vas conociendo este destino de interior vas comprendiendo cómo de conectado está y de qué manera conforma un conjunto coherente. Siguiendo con el descenso hacia la Garrotxa, el viajero se encontrará enseguida en Besalú, uno de los conjuntos medievales más ricos de Cataluña. Entre sus calles se conservan las iglesias románicas de Sant Pere y Sant Vicenç, integradas en una localidad donde la trama histórica permite prolongar el paseo más allá de los propios templos. El recorrido cambia aquí de escenario y se adentra en un territorio de relieves más suaves, camino ya de la costa. La arquitectura medieval aún marca las etapas, pero la fisonomía del entorno anuncia que el largo trayecto iniciado en la Val d’Aran se aproxima a su último tramo: el Empordà. Culmina, de hecho, en el antiguo monasterio benedictino de Sant Pere de Rodes, que se alza en la Serra de Rodes, sobre el Mediterráneo, con el Cap de Creus a sus pies. Después de atravesar valles, bosques y pueblos de montaña, el mar aparece como telón de fondo de una construcción que mantiene intacta su relación con el territorio; la ubicación del monasterio, en uno de los puntos más elevados de la sierra, permite entender la dimensión geográfica de un viaje que ha cruzado los Pirineos catalanes prácticamente de extremo a extremo. La cercana canónica de Santa Maria de Vilabertran completa este extremo oriental del recorrido.

De la Val d’Aran al litoral, el románico proporciona una línea con la que leer los Pirineos de Cataluña como un destino diferencial, diverso y, al mismo tiempo, con un ADN propio, que permite organizar un viaje por etapas, detenerse y continuar hacia la siguiente comarca entiendiendo el sentido del viaje. Es también un recorrido que encuentra buena parte de su sentido fuera de los meses de mayor afluencia. El otoño y la primavera permiten acercarse a este patrimonio con otro ritmo y convierten la cultura en un motivo para recorrer el interiormás auténtico en una inmersión total.