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El hotel de Begur donde cada habitación cuenta la historia de una mujer extraordinaria
El pequeño hotel de Begur donde cada habitación cuenta la historia de una mujer extraordinaria
Siete habitaciones, una casa del siglo XVII y un patio en el que merece la pena alargar el desayuno. La Bionda propone otra forma de quedarse en Begur, con el diseño de Quintana Partners y grandes mujeres como invitadas permanentes.
En 1879, Vicenç y María abrieron una carnicería en Sant Feliu de Codines. María era rubia y los vecinos empezaron a referirse al negocio familiar como Ca la Rossa, Casa de la Rubia. Cinco generaciones después, su tataranieta Carla Lloveras recuperó aquel apodo para bautizar un hotel en uno de los pueblos más bonitos de la Costa Brava, Begur, aunque decidió ponerle algo de acento italiano: La Rossa se convirtió en La Bionda. Un proyecto construido a partir de historias familiares, objetos encontrados, arquitectura recuperada y una idea de la hospitalidad que tiene más que ver con recibir que con impresionar.
Lloveras conocía Begur desde mucho antes de convertirse en hotelera: había pasado aquí sus veranos y en 2020 terminó haciendo realidad un proyecto que llevaba tiempo imaginando. Encontró una casa del siglo XVII a pocos pasos de la iglesia y del castillo y encargó su transformación a Quintana Partners, el estudio de Benito Escat y Pol Castells. El encargo incluía prácticamente todo: reforma, interiorismo, concepto, identidad e imagen.
La casa necesitaba una intervención estructural importante. Quintana Partners conservó elementos originales, recuperó técnicas y materiales tradicionales e introdujo sistemas contemporáneos de reutilización de energía y recursos hídricos. Después llegó lo divertido: construir un interior que tuviera capas suficientes para que el huésped pudiera ir descubriéndolo poco a poco.

Una casa antes que un hotel
La Bionda tiene hoy siete habitaciones: Carmen, Valentina, Joséphine, Emilie, Grete, Victor y Maria. Abajo están la recepción, el salón, el patio, un pequeño invernadero y el bar; arriba, una terraza con sofás y tumbonas. De noche funciona además un honesty bar: coges lo que quieras y apuntas lo que has tomado. Una solución sencilla que dice mucho sobre el lugar.
También sobre su interiorismo. Aquí funcionan los suelos hidráulicos, las bóvedas, las cerámicas, las piezas vintage, las telas estampadas, el hierro, la madera y una mezcla de muebles que evita la sensación de catálogo. Quintana Partners trabaja bien ese terreno algo peligroso en el que lo antiguo puede acabar convertido en atrezo. En La Bionda, las imperfecciones y las diferencias entre estancias forman parte del proyecto.

Emilie, por ejemplo, conserva un techo de bóveda catalana y un pavimento de los años treinta, mientras una mampara de hierro hecha a medida por herreros de Palafrugell introduce el oficio local sin necesidad de subrayarlo. El mobiliario y los objetos siguen esa lógica de acumulación controlada. Algunas piezas se localizaron incluso en déballages de la Provenza, esos mercados profesionales donde anticuarios y marchantes descargan mercancía antes de que termine perfectamente colocada —y considerablemente más cara— en una tienda.
El patio con invernadero merece capítulo propio. Allí se sirve el desayuno a la carta, entre las 8:30 y las 10:30, y ahí aparece otro vínculo con la historia de Carla Lloveras: creció entre la carnicería y charcutería familiar, observando un negocio en el que atender al cliente formaba parte del oficio.

De Carmen Amaya a Valentina Tereshkova
Entonces sí: las mujeres. El relato inicial de La Bionda imaginaba a una anfitriona de los años treinta que abría su casa a creadoras, intelectuales, deportistas y mujeres poco dispuestas a ocupar el lugar que les habían asignado. Hoy las habitaciones recuperan figuras reales muy distintas entre sí.
Está Carmen Amaya, que tiene además una conexión directa con Begur: la bailaora compró Mas d'en Pinc en 1961 y pasó allí los últimos años de su vida. Está Valentina Tereshkova, primera mujer que viajó al espacio; Joséphine Baker, estrella del music-hall parisino, miembro de la Resistencia francesa y activista por los derechos civiles; la fotógrafa alemana Grete Stern; la pedagoga Maria Montessori; y Emilie Flöge, diseñadora y empresaria vienesa a la que durante demasiado tiempo la historia del arte redujo a 'musa de Klimt'.
Victor es un nombre que te lleva al equívoco. Pero cuidado. Detrás está Caterina Albert, escritora nacida en L'Escala que firmó como Víctor Català y publicó Solitud en 1905. Más que convertir cada dormitorio en un pequeño museo biográfico, el hotel toma estas personalidades como punto de partida.
La idea continúa ahora fuera de los dormitorios con Virginia’s Room, un espacio dedicado a tratamientos y masajes inspirado en Una habitación propia, el ensayo que Virginia Woolf publicó en 1929.

Begur sin coger el coche
Parte del atractivo de La Bionda está también en haber elegido el núcleo urbano. Begur suele venderse a través de Sa Tuna, Aiguablava, Sa Riera, Illa Roja y sus demás calas, pero quedarse arriba cambia el ritmo del viaje. Puedes bajar al mar cuando quieras y regresar después al pueblo, salir a cenar caminando o tomarte algo sin organizar cada desplazamiento alrededor del coche.
Durante el siglo XIX, muchos vecinos emigraron a Cuba y regresaron después con dinero para levantar las llamadas casas indianas, que dan carácter a la arquitectura del municipio. El pueblo tiene una relación larga con las casas que cuentan quién vivió dentro, quién se marchó y quién volvió.
La Bionda, por tanto, encuentra aquí su lugar perfecto. Su historia empieza con aquella María rubia detrás del mostrador de una carnicería en Sant Feliu de Codines a la que todo el pueblo terminó conociendo sin necesidad de usar su apellido. Casi siglo y medio después, aquel apodo sigue recibiendo gente.