Este convento de Portugal tiene la ventana más bonita del mundo y es Patrimonio de la Humanidad
A Tomar se va a ver, sobre todo, una ventana, pero también el convento templario en que se halla, todo el complejo, el bosque de alrededor y, ya de paso, la ciudad. Es historia pura de Portugal y una lección del manuelino.
Hay quien una vez se subió a un tren en la estación de Santa Apolónia en Lisboa, en el mítico barrio de Alfama, con dirección a Tomar solo por ver una ventana. Pero una janela (en portugués) manuelina. Ella sola valía el viaje. Se trataba de remontar el Tajo hasta Entroncamento, llamado así por enlazar dos de las vías ferroviarias más importantes de Portugal: la del Norte, que comunica la capital con Oporto, y la de la Beira Baixa, que une esta localidad ribatejana con Guarda. Y seguir después en dirección a Coimbra.
Qué ver en la ciudad portuguesa de Tomar
La ciudad de Tomar, en el distrito de Santarém, región Centro y comunidad intermunicipal de Medio Tejo, es ya de por sí una sorpresa, como acostumbra a pasar en el país vecino, donde tantos rincones parecen recoger los ecos más literarios de la historia, los de Camoens y Eça de Queiroz. El fado oído en las tabernas lisboetas se arrastra aún por estas calles empedradas, con el rumor del río Nabâo, un afluente del Cécere, que a su vez lo es del río rey, el Tajo, el mismo que nace en la Sierra de Albarracín, en los Montes Universales.

Por más que haya mucho más para ver en Tomar, todos los caminos llevan al Convento de Cristo, donde se resume todo el poder de la Orden del Temple. El convento, que es Patrimonio de la Humanidad junto a las murallas del castillo que lo circundan, tiene su origen en las tierras que el primer rey de Portugal, Afonso Henriques (1109-1185), donó a esta orden militar monástica, cuyo propósito inicial era proteger a los peregrinos cristianos que viajaban a Tierra Santa tras la primera Cruzada. Los templarios, con el maestre Gualdim Pais a la cabeza, establecieron aquí su castillo en 1160, lo poblaron y le pusieron el nombre de Tomar. La ciudad estaba fundada.
Tomar, la ciudad de los templarios
La Orden del Temple fue disuelta por Clemente V en 1312 a causa de las presiones de Felipe IV de Francia, lo que dio lugar a leyendas que se han mantenido hasta hoy. Sin embargo, en Portugal tuvo su continuidad al transformarse en la Orden de los Caballeros de Cristo, cuyo apoyo fue definitivo en los descubrimientos marítimos de los siglos XV y XVI. Bajo la administración del príncipe Enrique el Navegante (1394-1460), se construyeron las dependencias del convento en torno a dos claustros góticos: el claustro del Lavado y el del Cementerio.

El castillo pasó a ser convento y sede de la orden, y sus caballeros se convirtieron en navegantes con la misión de expandir la fe y el reino allende los mares. Su cruz, que ya no era la de los templarios, lucía en las carabelas rumbo al Nuevo Mundo. El Convento de Cristo, por tanto, no es un convento al uso. Ni por la historia escrita en sus muros, siete siglos claves para el país luso, ni por su complejidad, puesto que comprende el castillo templario, el convento renacentista, el recinto conventual, la Mata dos Sete Montes (bosque de las Siete Colinas), la capilla y el acueducto.
La Charola y la magnífica ventana manuelina
La Charola, la primitiva capilla y oratorio de los templarios (1190), es hexadecagonal en su perímetro exterior y octogonal en el deambulatorio, a imitación de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, enriquecida con pinturas, frescos y cúpula bizantina. Su trazado permitía a los caballeros acceder a los oficios religiosos también a caballo. Se vio expandida con las obras emprendidas bajo el mandato de Manuel I (1469-1521), gobernador de la Orden de Cristo, cuando se añadió una nave, en la que se encuentra la sala capitular. Y en esta sala, la famosa ventana, diseñada por Diogo de Arruda, símbolo de la expansión marítima portuguesa y de la visión imperial de este rey, que habitó el Palacio da Vila en Sintra.

Todo ello, por supuesto, en estilo manuelino, una expresión artística cien por cien portuguesa nacida en el siglo XVI, cuando los navegantes portugueses dieron a conocer civilizaciones lejanas y muchos artistas de otros países se trasladaron a Portugal. Se podría decir que es el gótico portugués, que no llevó el nombre del monarca hasta el siglo XIX. Y cómo no si fue el reflejo del espíritu que guio su reino.
Solo hay que ver esta ventana, que hace gala de un naturalismo exótico con sogas, nudos, símbolos y extrañas formas marinas, y que tanto recuerda al modernismo por sus formas orgánicas y su esencia decorativa. Un trabajo de filigrana hecho en la piedra, como un encaje esculpido por los siglos de los siglos. En su "Viaje a Portugal", Saramago dice que "el estilo manuelino no sería lo que es si los templos de la India no fuera lo que son". Hay mucha navegación y mucho descubrimiento detrás.
Una plaza emblemática, un acueducto y más manuelino
El Convento de Cristo no se quedó anclado en el tiempo de Manuel I, pese a la relevancia de su impronta, sino que fue ampliado con nuevas dependencias, claustros, sacristías; el citado acueducto de Pegôes, una obra de principios del XVII que abastecía de agua al complejo, y la adaptación de un ala a un palacio neoclásico, ya en el siglo XIX. En total, hay ocho claustros, dos góticos y seis renacentistas.

Si, como decíamos al principio, este centro religioso y de poder suele ser el objetivo primero y último del viaje, incluso solo la famosa ventana, merece la pena dejarse caer por la Praça da República, en cuyo centro se alza la estatua de Gualdim Pais, y ver la iglesia de Sâo Joâo Batista (s.XV), con fachadas también manuelinas. Alrededor asoma la silueta del castillo y el convento, así como la espesura de la Mata Nacional dos Sete Montes.
Hay otra iglesia templaria más, la de Santa Maria do Olival (s. XIII), que ofició de panteón de los caballeros de ambas órdenes. Frente a ella, una torre exenta de planta cuadrangular, de donde se dice que sale un túnel que conecta con el no poco misterioso Convento de Cristo.