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El pueblo blanco andaluz que está a un paso de Portugal entre marismas: se come de lujo
El pueblo blanco andaluz que está a un paso de Portugal entre marismas: en sus restaurantes se come de lujo
Ayamonte es un pueblo blanco típicamente andaluz, con la fortuna de estar en la desembocadura del Guadiana. Enfrente, literalmente, de Portugal. Es la puerta de entrada al Algarve.
Ayamonte es fronterizo, con todo lo que eso supone. Está situado en la desembocadura del río Guadiana, frente a Vila Real de Santo António, en la otra orilla, ya en Portugal, y formando un estuario y el Paraje Natural de las Marismas de Isla Cristina. Por consiguiente, viajar a este rincón onubense es un lujo. El de hallarse en un pueblo blanco auténticamente andaluz, pesquero por naturaleza, y el de estar a un paso del Algarve. Más lujo todavía si se cruza el río, tan famoso por sus ojos, en ferry, en un trayecto de apenas veinte minutos. O por el Puente Internacional del Guadiana, que une Ayamonte con Castro Marim y es uno de los puentes más largos de España con sus 666 metros.
Ayamonte, un pueblo blanco en un lugar paradisíaco
Aquí estuvieron históricamente los romanos, los árabes, los portugueses -por motivos obvios- y los castellanos. Codiciada de siempre por su posición estratégica, se convirtió en un enclave comercial de primera por sus relaciones con las colonias españolas en América. Al fin y al cabo, de Huelva, del puerto de Palos de la Frontera para ser exactos, partió aquel 3 de agosto de 1492 la expedición, dirigida por Cristóbal Colón y los hermanos Pinzón, que supuso el descubrimiento de América.

Pero es que, historia aparte, Ayamonte tiene playas paradisíacas como las de Isla Canela, donde además de arenales y la infraestructura turística, hay un mausoleo tardorromano y una torre de las que mandó construir Felipe II para defenderse de los países enemigos y de las frecuentes incursiones de piratas turcos y del norte de África. Las costas españolas están llena de ellas. Isla Canela es, desde luego, para recorrérsela en una ruta en bicicleta y detenerse en el antiguo pueblo pesquero de Punta del Moral, rozando ya Isla Cristina.
Qué ver en Ayamonte, paso a paso
Hubo en el propio Ayamonte un castillo medieval, sobre cuyas ruinas se levanta el Parador de Turismo. Desde esta altura se asiste a los bellos atardeceres de este enclave privilegiado, que presume de casas de indianos e iglesias mudéjares entre la evidente blancura, con una panorámica única y transfronteriza. La vista se recrea en los bosques que terminan donde empiezan las marismas, que forman caños, pequeños canales naturales, abrazando el municipio. Se palpa su biodiversidad.
Los bellos paisajes no nos pueden hacer olvidar su casco antiguo, el barrio de la Villa, de callejuelas recoletas y empinadas con casas que rinden culto a la cal. Cae desde lo más alto de la ciudad hacia el río, acomodándose en la ladera, lo que lo hace más pintoresco aún. En medio de estas viviendas monocromáticas despuntan dos iglesias, vinculadas a sus respectivas hermandades. Por un lado, la de El Salvador, que formó el núcleo primitivo junto al castillo y fue levantada, con toda probabilidad, sobre una antigua mezquita.

Cabe recordar que el rey Sancho II de Portugal, casado con doña Urraca de Castilla, arrebató Ayamonte a los musulmanes en 1239, para después cedérselo a la Orden de Santiago y pasar a la Corona de Castilla, en tiempos de Alfonso XI. La iglesia del Salvador es de origen mudéjar, siguiendo el estilo sevillano, aunque retocada con el paso del tiempo por los distintos avatares, sobre todo, a raíz del terremoto de Lisboa de 1755. Fue entonces cuando se construyó el campanario barroco.
Un pueblo de mar y de ribera
La otras iglesia ayamontina es la de San Francisco, en la plaza del mismo nombre, que llegó a tener un convento anexo, abandonado con la desamortización de Mendizábal (1836). Su fachada es renacentista, rematada con doble espadaña con añadidos barrocos.
A estos dos templos hay que sumar la ermita de San Sebastián, de finales del siglo XV y en el estilo sevillano de la época. La encontramos en la Villa, está desacralizada y se utiliza como centro cultural. Su emplazamiento es igualmente afortunado: un promontorio desde el que van los ojos al vecino Portugal. Lo mismo que pasa con su admirable puerta de entrada, enmarcada con un arco conopial en ladrillo, sobre el que se levanta la espadaña de su campanario. No podía ser más andaluza.

En el barrio de la Ribera se mezclan las casas de siempre con llamativas casonas, y las calles serpenteantes con las anchurosas. Pero lo más significativo, más allá de la Casa Grande, el convento de las Hermanas de Santa Clara y de las iglesias de San Antonio, la Merced y la Virgen de las Angustias -esta última la patrona-, es su carácter ribereño. El paseo de la Ribera permite hacerse una idea de hasta qué punto el Guadiana es el protagonista de la ciudad. Y con él, inevitablemente, el Atlántico.
Dónde comer en Ayamonte: sus especialidades
Ayamonte es un pueblo esencialmente marinero, lo que significa que en sus restaurantes es posible deleitarse con el pescado y el marisco de sus costas. Las famosas gambas blancas, las coquinas, los chocos o la sardinas, pero también las conservas y salazones, de gran tradición. En el alabado restaurante Tierra y Mar, en pleno centro, muy cerca de la plaza de la Laguna, sirven gambas al ajillo picante, un cilindro de gambas y aguacate, e incluso fajitas de gambas.

El Conventus está en la azotea de la posada El Convento Mercedario. Aquí, en este antiguo convento del siglo XVII y por todo lo alto, la comida sabe diferente. Sobre la mesa, ajoblanco con ahumados, tallarín de choco con pesto de wakame o churrasco de pollo al estilo tradicional, que también hay carne, a la parrilla además. Por su parte, el Arrozante, dentro del hotel Barceló Isla Canela, está especializado en arroz, como su nombre indica, pero además en su carta hay platos tentadores como las gambas de cristal fritas con pimientos asados y huevo cuajado, o el calamar de la costa a la plancha.