Iglesia gótica, casas de cuento y la historia de los Johnnies y las cebollas: así es el pueblo bretón más británico
En Roscoff se respira aire marinero, de piratas y leyendas. También un pasado próspero de armadores y comerciantes. Con protagonismo especial para los Johnnies, los agricultores bretones que cruzaban a Inglaterra para vender sus apreciadas cebollas a bordo de sus bicicletas.
En el fin de la tierra francés, en su Finisterre, en el extremo occidental de la región de Bretaña, se encuentra el encantador pueblo de Roscoff, Rosko si se opta por el bretón. Es una de las sesenta comunas del distrito de Morlaix y está catalogada con uno de esos títulos a los que tan aficionados son los franceses y que reconocen su valor y autenticidad. En el caso de Roscoff, se trata de una Petite Cité de Caractère. El sello anticipa su pequeño tamaño, la armonía de su conjunto arquitectónico, su fuerte identidad colectiva y la ambiciosa gestión de su patrimonio. Y hay restaurantes con vistas al mar.
Un solo vistazo a este antiguo puerto corsario sirve para constatarlo. Derrocha encanto por sus cuatro costados, tanto en lo que se refiere a su ubicación, en zona intermareal, de gran diversidad biológica, como a su urbanismo, que a los ojos foráneos resulta tan de cuento como extrañamente hospitalario. Pero, más allá de estas bondades, el pueblo bretón con fama de ser el más británico es famoso por sus cebollas rosadas.
Roscoff, los Johnnies y la cebollas rosadas
De hecho, desde aquí partían en barco los Johnnies, los agricultores bretones que durante los siglos XIX y XX vendían las preciadas hortalizas, puerta a puerta, por toda Gran Bretaña. Iban vestidos con boina y la tradicional camisa a rayas (marinière) y se movían en bicicleta. Quedaron grabados en el imaginario como los típicos comerciantes franceses. En cuanto a la cebolla de Roscoff, está protegida con la denominación Appellation d'Origine Contrôlée; tiene su propio museo, La Maison des Johnnies et de l'Oignon de Roscoff, y su festival, la Fête de l'Oignon, que se celebra en verano.

Y desde aquí siguen partiendo los transbordadores que cubren el trayecto hasta Gran Bretaña durante todo el año y hasta Irlanda de abril a octubre. También los que van a la isla de Batz, una pequeña y pintoresca isla situada enfrente de Roscoff, a la que se llega en solo quince minutos de navegación. Como curiosidad, tiene un jardín exótico con cerca de 3.000 especies, el Jardín George Delaselle, y un faro con unas vistas extraordinarias desde sus 44 metros, que se ganan tras subir 198 escalones. Imprescindible para saber de las leyendas y la vida en el mar.
Qué ver en Roscoff, pueblo costero en La Mancha
Pero nos hemos alejado, aunque no sea mucho, de Roscoff, levantado en una península abierta sobre el Canal de la Mancha, La Manche en francés. Con la distancia se ve mejor su estampa de pueblo costero, con su puerto, sus pintorescas casas de armadores, su iglesia adscrita al gótico flamígero y la envolvente naturaleza marítima. Su prosperidad no solo vino derivada de las famosas cebollas, sino también del comercio de sal, madera y textiles.
La villa nació en el barrio de Roskogoz, que era la entrada al puerto de Saint-Pol de Léon en época medieval, de quien se separó durante la Revolución Francesa. Pero el avance de la arena y los recurrentes ataques de los ingleses empujaron a los lugareños a moverse hacia el norte, que es donde hoy está el puerto viejo. En el siglo XVIII se fortificó, al estilo Vauban, la punta de Bloscon, junto a la capilla de Sainte-Barbe, construida sobre un peñasco rocoso para proteger a la población de los ataques piratas.

No hay que perderse la casa de Mary Stuart. La joven princesa escocesa María Estuardo desembarcó aquí el 15 de agosto de 1548, a sus seis años, huyendo de los conflictos con Inglaterra y con vistas a su casamiento con el delfín Francisco. Tampoco la Maison Forte ni la torrecilla (échauguette). El puerto viejo es igualmente, y por razones obvias, visita obligada. Todo lo histórico es de los siglos XVI-XVII y de granito, para resistir los fuertes vientos atlánticos. De paseo por sus calles se pueden admirar las casas de los ricos armadores y comerciantes, con cierta sofisticación arquitectónica.
Una iglesia gótica y el primer centro de talasoterapia francés
Y, cómo no, la iglesia Notre Dame de Croas Batz, de estilo gótico flamígero, aunque su campanario es renacentista. Fue edificada entre 1522 y 1545 a instancias de los mismos armadores y negociantes locales. En sus muros exteriores sobresalen tallas de carabelas, como prueba de las ofrendas de quienes se echaban a la mar y pedían protección paras sus empresas. En su interior, el techo con forma de casco de barco invertido. Alrededor, dos osarios y un monumento funerario.

Roscoff desprende, en general, un aire antiguo, a salvo del naufragio de los tiempos. Tanto mar y tanta situación privilegiada tenía que tener su reflejo en la salud y el bienestar de sus habitantes. Pero no solo. Porque en 1899 se eligió este lugar para abrir el que sería el primer centro de talasoterapia de Francia, donde el doctor Bagot atendía a pacientes aquejados de reumatismo. Hoy es un centro a la vanguardia de la innovación, basado en las propiedades ancestrales de las algas, con hotel, restaurante y gimnasio. Y con vistas a un entorno salvaje de una belleza sobrecogedora. Otro de sus centros de referencia es la estación biológica en la que se investigan y cosechan sus también célebres algas.