La región de Italia que merece un viaje en otoño y que muchos siguen confundiendo con la Toscana
Está entre Roma y Toscana, carece de costa y conserva una de las concentraciones de arte, pueblos medievales, viñedos y buena mesa más serias de Italia. Este otoño toca mirar hacia Umbría.
A Umbría le ha caído una etiqueta difícil de quitar: "la Toscana sin turistas". Sí, ambas comparten una Italia central de colinas, olivares, viñedos y ciudades levantadas sobre promontorios; también siglos de intercambios, guerras y fronteras móviles explican muchos de esos parecidos. Pero Perugia no es Siena; Orvieto no es San Gimignano, y el Sagrantino tampoco aspira a ocupar el lugar del Chianti.
Umbría tiene además una particularidad geográfica que condiciona mucho más su identidad: es la única región de la Italia peninsular sin salida al mar ni frontera con otro país. Todo ocurre tierra adentro. Roma queda al sur, Toscana al oeste y Las Marcas al este. En medio aparecen algunas de las ciudades que dieron forma al arte italiano entre la Edad Media y el Renacimiento, pueblos asociados a una cultura gastronómica y un paisaje agrícola que es más productivo que decorado.
Septiembre y octubre coinciden con la vendimia; después llegan la recogida de aceituna y el aceite nuevo, las castañas y la trufa. Montefalco se mueve alrededor del vino; Norcia, alrededor de una tradición gastronómica que ha acabado entrando incluso en el vocabulario italiano: norcineria es el término utilizado para las tiendas especializadas en embutidos y productos de cerdo.

Empezar por Perugia
Perugia tiene un curioso talento para quedar fuera de los primeros viajes a Italia. Florencia está a unas dos horas y Roma, a poco más, así que la capital de Umbría termina a menudo convertida en zona de paso. Merece otro trato.
Su centro histórico ocupa la parte alta de una colina y conserva la densidad de una ciudad que lleva más de dos mil años construyéndose sobre sí misma. Está el Arco Etrusco, levantado en el siglo III a.C.; el Palazzo dei Priori, iniciado en época medieval; la Fontana Maggiore, obra maestra del siglo XIII; y la Rocca Paolina, la fortaleza que el papa Pablo III mandó construir en el XVI sobre parte de la ciudad anterior. Hoy se atraviesa mediante escaleras mecánicas.
La Galleria Nazionale dell'Umbria ocupa parte del Palazzo dei Priori y explica otro asunto que aparece una y otra vez durante el viaje: la pintura. Perugino nació cerca de aquí y fue maestro de Rafael; Pinturicchio era de Perugia; Piero della Francesca también está representado en la colección. El Renacimiento que suele contarse desde Florencia adquiere otros nombres cuando se mira desde este lado de los Apeninos.
Asís está a unos treinta kilómetros. La figura de San Francisco condiciona la ciudad desde hace ocho siglos y en 2026 todavía más, cuando se conmemoran los 800 años de su muerte. Incluso dejando al margen la dimensión religiosa, la Basílica de San Francisco justifica la visita por sus frescos.

Orvieto y Spoleto, dos buenas sorpresas
Hay algo diríamos incluso desproporcionado en encontrarse el Duomo de Orvieto después de atravesar las calles estrechas de una ciudad de poco más de 19.000 habitantes. Su fachada, iniciada a finales del siglo XIII, concentra mosaicos, relieves, agujas y mármoles policromados. Dentro espera la Capilla de San Brizio, donde Luca Signorelli trabajó en su ciclo del Juicio final a finales del Quattrocento (Miguel Ángel empezaría los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina pocos años después).
Orvieto está construida sobre una enorme plataforma de toba volcánica y una parte de su historia se encuentra bajo las calles. Pozos, canteras, cisternas y pasadizos horadan la roca. El ejemplo más famoso es el Pozzo di San Patrizio, encargado después del Saqueo de Roma de 1527 para garantizar el suministro de agua en caso de asedio. Antonio da Sangallo el Joven proyectó un pozo de más de cincuenta metros de profundidad.

Después están Spoleto y su Duomo, donde Filippo Lippi trabajó en los frescos del ábside durante los últimos años de su vida; Trevi, rodeada de olivares; Bevagna, que conserva parte de su estructura urbana romana; y Montefalco, donde el vino ocupa toda la conversación.
En este último se produce el Montefalco Sagrantino DOCG, elaborado con Sagrantino, una variedad autóctona conocida por su concentración de taninos. Durante siglos tuvo una presencia muy ligada a la versión passito y al consumo local; hoy sus tintos secos están los vinos más reconocibles de Umbría. Varias bodegas rodean Montefalco y Bevagna, así que dormir por esta zona permite visitar productores con calma. Y con gusto, mucho gusto.

De la trufa a Alberto Burri
La mesa cambia según el punto del mapa. En Spoleto tienes que probar los strangozzi, una pasta larga y gruesa que suele acompañarse con trufa o salsas sencillas. Norcia está ligada a embutidos, quesos, lentejas de Castelluccio y trufa negra. Y si vas al lago Trasimeno probarás anguila, carpa, tenca y otros pescados de agua dulce.
Y al norte espera Città di Castello, una parada que rompe con cualquier tentación de reducir el viaje a Edad Media y Renacimiento. Alberto Burri nació aquí en 1915. Médico antes que artista, comenzó a pintar mientras era prisionero de guerra en Texas y acabó convirtiéndose en una figura decisiva del arte europeo de posguerra.
Su obra se conserva en dos espacios de la Fondazione Burri. Uno ocupa el Palazzo Albizzini, un edificio renacentista del centro. El otro está en los Ex Seccatoi del Tabacco, antiguos secaderos industriales de tabaco adquiridos por el artista para instalar grandes piezas. Después de varios días entrando en iglesias para ver frescos del Trecento y del Quattrocento, encontrarse ante los negros, rojos y grandes superficies matéricas de Burri te lleva a otro siglo de golpe.