De La Concha a Matosinhos: las mejores playas urbanas de Europa para quienes no quieren alquilar coche
Poco se habla de este pequeño lujo cuando viajamos: aterrizar en una ciudad, dejar la maleta en el hotel y estar bañándose media hora después. Estas playas demuestran que el mejor plan de verano también puede empezar en una estación de metro.
Cada vez más familias, grupos de amigos, parejas y viajeros solitarios se hacen esta pregunta cuando llega el verano: ¿de verdad hace falta alquilar un coche? Durante años parecía un peaje inevitable para llegar a las mejores playas. Hoy, los que ya las hemos conocido, empezamos a cansarnos. Algunas playas urbanas han recuperado su relación con el mar, otras han mejorado su transporte público y unas cuantas ciudades siempre tuvieron la suerte de crecer junto a una gran playa. El resultado es un tipo de escapada mucho más cómoda: aterrizar, dejar la maleta en el hotel y estar bañándose menos de una hora después.
Las playas urbanas también tienen otra ventaja. Permiten conocer cómo viven realmente sus ciudades. Comparten arena vecinos que salen de trabajar, familias que llevan toda la vida veraneando allí y viajeros que descubren que una buena playa no siempre está escondida detrás de una carretera secundaria. Estas son algunas de las mejores de Europa.

La Malvarrosa (Valencia): aquí nació el verano valenciano
Antes de convertirse en una de las playas urbanas más populares de España, la Malvarrosa era una zona de huertas donde se cultivaba precisamente la planta que le dio nombre: la malva rosa. A finales del siglo XIX comenzó a llenarse de villas de veraneo de la burguesía valenciana, y poco después artistas como Joaquín Sorolla la inmortalizaron en algunos de sus cuadros más conocidos. Basta visitar el Museo Sorolla en Madrid para comprobar hasta qué punto esta playa marcó su manera de pintar la luz mediterránea.
Hoy mantiene ese carácter abierto que distingue a Valencia. Son casi dos kilómetros de arena fina, un paseo marítimo siempre animado y una conexión excelente mediante tranvía y autobús desde cualquier punto del centro. Muy cerca sigue funcionando La Pepica, abierta desde 1898 y convertida en una institución gastronómica donde comieron desde Ernest Hemingway hasta el rey Juan Carlos I.
Otro detalle que debes conocer es que caminar hacia el barrio del Cabanyal permite descubrir una de las arquitecturas más singulares de la ciudad, con fachadas modernistas revestidas de azulejos policromados que recuerdan el pasado marinero del barrio. La playa termina siendo solo una parte del plan.

La Concha (San Sebastián): una bahía convertida en icono
Son muchas las playas bonitas del continente, pero pocas aparecen una y otra vez en los rankings internacionales como La Concha. Buena parte de la culpa la tiene su geografía. La isla de Santa Clara protege la bahía del oleaje y crea un mar especialmente tranquilo, algo poco habitual en la costa cantábrica.
En el siglo XIX, cuando la reina María Cristina de Habsburgo eligió San Sebastián como residencia de verano, la aristocracia española comenzó a pasar aquí largas temporadas. Aquella moda transformó completamente la ciudad y dejó edificios como el Palacio de Miramar o el antiguo balneario de La Perla, que todavía hoy sigue funcionando como centro de talasoterapia.
La playa se disfruta especialmente fuera de las horas centrales del día. A primera hora es habitual encontrar clubes de remo entrenando en la bahía, mientras que al atardecer el paseo se llena de donostiarras que terminan la jornada caminando junto al mar antes de ir de pintxos por la Parte Vieja.

Barceloneta (Barcelona): imagen de transformación urbana
Cuesta imaginarlo hoy, pero hasta principios de los años noventa Barcelona vivía prácticamente de espaldas al mar. La preparación de los Juegos Olímpicos de 1992 cambió por completo el frente marítimo y convirtió la Barceloneta en el gran espacio público que es hoy. Su ubicación explica su éxito. Está a menos de media hora caminando desde Las Ramblas y el metro deja prácticamente sobre la arena. Esa cercanía hace que convivan turistas con vecinos del barrio de la Barceloneta, uno de los más antiguos de la ciudad.
Aunque suele asociarse únicamente con el verano, merece la pena fijarse también en el paisaje urbano que la rodea. Muy cerca se encuentra la escultura Peix, el gran pez dorado diseñado por Frank Gehry para los Juegos Olímpicos, una de las primeras obras del arquitecto estadounidense construidas en Europa.
Quienes quieran evitar las zonas más concurridas solo tienen que seguir caminando unos quince minutos hacia Bogatell, donde el ambiente cambia notablemente.

Banje (Dubrovnik): la mejor postal está desde el agua
Pocas playas permiten bañarse con unas vistas tan espectaculares como Banje. Desde la orilla se contempla casi al completo el perfil amurallado de Dubrovnik, construido en piedra caliza blanca y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.
Su proximidad es sorprendente. Apenas cinco minutos separan la Puerta de Ploce de la arena. Eso convierte a Banje en una de las pocas playas europeas donde es posible alternar una visita a un casco histórico medieval con un baño sin necesidad de transporte. La playa es de cantos rodados, algo habitual en la costa dálmata, por lo que muchos viajeros utilizan escarpines. A cambio, el agua suele ser extraordinariamente transparente.

Praia de Matosinhos (Oporto): donde se va a comer pescado
Muchos viajeros creen que Oporto no tiene playa. Pero nada de eso. Matosinhos está conectada mediante la línea azul del metro y el trayecto dura poco más de media hora. Su playa, amplia y abierta al Atlántico, es una de las escuelas de surf más importantes del norte de Portugal gracias a un oleaje constante pero accesible para principiantes.
Lo realmente especial llega después del baño. Muy cerca del paseo marítimo se concentran algunas de las marisquerías más conocidas del país, donde enormes parrillas cocinan sardinas, lubinas o rodaballos prácticamente delante del cliente.

Scheveningen (La Haya): la playa que no esperabas aquí
Scheveningen empezó a recibir visitantes mucho antes de que existiera el turismo de masas. Ya en el siglo XIX se convirtió en uno de los balnearios más prestigiosos del norte de Europa gracias a la moda de los baños de mar. Todavía conserva parte de aquella atmósfera elegante en edificios como el histórico Kurhaus, inaugurado en 1885, un gran hotel frente al mar que ha alojado a figuras como Winston Churchill o los Rolling Stones.
El tranvía conecta directamente con el centro de La Haya en apenas veinte minutos y permite comprobar cómo cambia completamente el paisaje urbano.

Plage des Catalans (Marsella): la playa reflejo de la ciudad
Quien espere una playa perfecta probablemente se llevará una sorpresa. Es pequeña, suele estar llena y el espacio en la arena se cotiza caro durante el verano. Sin embargo, pocas playas urbanas cuentan mejor una ciudad que esta. Está situada a apenas quince minutos caminando del Vieux-Port, el corazón histórico de Marsella, y recibe su nombre de una comunidad de pescadores catalanes que se instaló aquí en el siglo XVII. Hoy sigue siendo el lugar donde muchos marselleses se escapan antes de ir a trabajar o terminan la tarde jugando al vóley playa.
Desde la arena se obtiene una magnífica vista del Palais du Pharo, mandado construir por Napoleón III para la emperatriz Eugenia, y muy cerca comienza la Corniche Kennedy, uno de los paseos marítimos más espectaculares del Mediterráneo francés.
Un consejo: merece mucho más la pena llegar temprano y desayunar en alguna terraza del puerto antes de bajar a la playa que intentar encontrar sitio a primera hora de la tarde.